LA SAGA DE LA COMUNIDAD · Edición Española · No. 11
LA ÚLTIMA LUZ ENCENDIDA
Hay una diferencia profunda entre sobrevivir y seguir en pie. Sobrevivir es un instinto. Seguir en pie es una elección. Muchos piensan que las dos cosas coinciden. No es cierto. Un hombre puede sobrevivir a una tormenta y pasar el resto de la vida tumbado sobre sus escombros. Otro puede atravesar la misma tormenta, recoger lo que ha quedado y decidir continuar. La diferencia no está en la herida. La diferencia está en la posición. Durante mucho tiempo creí que la vida era una cuestión de resultados. Luego llegaron las pruebas. Y descubrí que la vida era sobre todo una cuestión de entereza. Entereza moral. Entereza emocional. Entereza humana. Hay años en los que todo parece colaborar.
Las personas llegan. Las oportunidades crecen. Los proyectos se desarrollan. Incluso el futuro parece tener un rostro amistoso. Luego llegan otros años. Años diferentes. Años que no preguntan qué deseas. Años que preguntan qué sabes soportar. Son los años que no aparecen en las fotografías. Los años que nadie celebra. Los años en los que el oficio principal se vuelve simplemente continuar. Aprendí que cada persona posee un punto de ruptura imaginario. Un límite que se cuenta. “Si sucediera esto, no lo lograría.” “Si perdiera aquello, sería el final.” “Si llegara aquella prueba, me derrumbaría.” Yo también lo pensaba. Luego la vida, con su habitual ironía, decide comprobar. Y a menudo descubrimos algo sorprendente.
Somos más resistentes de lo que imaginábamos. No más fuertes. Más resistentes. La fuerza pertenece a los héroes. La resistencia pertenece a las personas normales. A las que se despiertan por la mañana. A las que continúan trabajando. A las que afrontan consultas médicas. Facturas. Responsabilidades. Ausencias. Miedos. Y aun así encuentran la manera de seguir adelante. Son ellas las verdaderas especialistas de la supervivencia. A lo largo de mi vida he encontrado personas que habrían tenido excelentes razones para rendirse. Tenían muchas más de las que yo haya tenido jamás. Y sin embargo continuaban.
No porque fueran optimistas. No porque fueran ingenuas. No porque ignoraran el dolor. Continuaban porque alguien dependía de ellas. Una hija. Un hijo. Una madre. Un marido. Una esposa. Un amigo. Una comunidad. El deber, a veces, genera una fuerza que el carácter por sí solo no posee. Cuando no vives solo para ti mismo, te vuelves más resistente. No más feliz. No más invulnerable. Más resistente. Existe un punto de la vida en el que dejas de preguntarte: “¿Por qué me está sucediendo a mí?” Y empiezas a preguntarte:
“¿Qué debo hacer ahora?” Cuando esta transformación ocurre, algo cambia. El sufrimiento no desaparece. Pero pierde el papel principal. La escena vuelve a ser ocupada por la acción. Por el presente. Por el paso siguiente. Observando el camino recorrido, me doy cuenta de que los momentos decisivos no fueron los de los grandes triunfos. Fueron los de las grandes permanencias. Los días en que estaba cansado. Los días en que tenía miedo. Los días en que nadie habría podido reprocharme si hubiera renunciado. Y sin embargo, de algún modo, continuaba. No siempre bien. No siempre con elegancia. No siempre con valentía. Pero continuaba. Hoy desconfío de las narraciones perfectas. Desconfío de los hombres que afirman no haber tenido nunca dudas.
Desconfío de las biografías sin grietas. Por una razón simple. No existen. Cada ser humano lleva dentro de sí un archivo de batallas invisibles. Algunas ganadas. Algunas perdidas. Algunas todavía abiertas. La madurez no consiste en eliminarlas. Consiste en aprender a convivir con ellas. Con el tiempo comprendí otra cosa. Las cicatrices no son lo contrario de la fuerza. Son la prueba de su existencia. Nadie llega lejos sin marcas. Nadie atraviesa verdaderamente el tiempo sin dejar algo a lo largo del camino. La pregunta no es si seremos heridos. La pregunta es qué haremos después. ¿Nos cerraremos? ¿Nos volveremos amargos? ¿Nos transformaremos en jueces del mundo? ¿O seguiremos creyendo en los seres humanos a pesar de todo?
Para mí esta ha sido la prueba más difícil. No seguir viviendo. Seguir confiando. Seguir esperando. Seguir construyendo. Seguir amando. Es mucho más simple defenderse que permanecer abierto. Mucho más simple volverse cínico que permanecer disponible. Mucho más simple retroceder que seguir avanzando. Y sin embargo la mejor vida que he conocido siempre estuvo del lado opuesto del miedo. Quizás este es el significado auténtico de seguir en pie. No ser invulnerables. No ser invencibles. No ser perfectos. Sino negarse a permitir que las heridas decidan en quiénes nos convertiremos. Mirando atrás no veo a un hombre que evitó las tormentas. Veo a un hombre que las atravesó.
Algunas bien. Algunas mal. Algunas dejando dentro pedazos de sí. Pero atravesándolas. Al final, creo que toda existencia es juzgada por una sola pregunta. No cuán alto llegaste. No cuánto poseíste. No cuánto fuiste celebrado. Sino qué quedó cuando todo lo demás fue quitado. Yo conozco mi respuesta. No es una respuesta heroica. No es una respuesta extraordinaria. Es una respuesta humana. Después de las pérdidas. Después de los errores. Después de las enfermedades. Después de las separaciones. Después de los miedos. Después del tiempo. Todavía estoy aquí. Todavía en pie.
Ferdinando
Gillette Man ⚔️
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