LA SAGA DE LA COMUNIDAD · Edición Española · No. 20
EL ÚLTIMO PASO
De niños creemos que el mundo termina donde termina nuestra mirada. La colina más allá del pueblo. La calle más allá del barrio. El horizonte más allá del mar. Pensamos que el confín coincide con lo que conocemos. Luego crecemos. Y descubrimos que los bordes más importantes no son geográficos. Son interiores. Durante muchos años imaginé mi vida como un conjunto de territorios alcanzables. Un trabajo. Una posición. Un objetivo. Un proyecto. Cada vez que alcanzaba una meta, aparecía otra. Cada vez que atravesaba un confín, encontraba uno nuevo. Al principio era emocionante.
Parecía una forma de progreso. Luego comencé a notar algo. No eran las metas las que me transformaban. Eran los pasajes. El momento en que dejaba el terreno conocido y ponía el pie en algo que ya no controlaba. Es allí donde ocurrían las cosas importantes. Siempre allí. Nunca en la seguridad. Siempre en el borde. El borde es un lugar particular. No pertenece al pasado. No pertenece al futuro. Es una línea sutil donde las certezas terminan y las posibilidades comienzan. Por eso da miedo. Y por eso es valioso. He atravesado muchos bordes en mi vida. Algunos profesionales. Algunos personales. Algunos invisibles para cualquiera excepto para mí. El día en que dejé una seguridad.
El día en que acepté una responsabilidad más grande. El día en que una enfermedad cambió el significado del tiempo. El día en que una pérdida cambió el significado del amor. Cada vez el mecanismo era el mismo. Primero el miedo. Luego la duda. Luego el paso. Finalmente el descubrimiento. Con el paso de los años aprendí que casi todas las cosas importantes viven más allá del borde. El amor vive más allá del borde del control. La confianza vive más allá del borde del miedo. El crecimiento vive más allá del borde de la costumbre. La libertad vive más allá del borde de la seguridad. Y el significado vive más allá del borde del ego. Esto no significa que el borde sea cómodo. No lo es nunca.
Nadie atraviesa de verdad un confín interior sin pagar algo. Hay que dejar atrás convicciones. Costumbres. Identidad. Versiones superadas de uno mismo. Cada transformación exige un desprendimiento. Y cada desprendimiento produce una forma de dolor. Por eso muchas personas prefieren quedarse. No porque sean débiles. Porque comprenden el precio. El problema es que quedarse también tiene un precio. Un precio menos visible. Pero real. El precio de la posibilidad perdida. De la vida no vivida. De la pregunta sin respuesta. A veces me he preguntado qué habría sucedido si hubiera elegido más a menudo la prudencia.
Probablemente habría cometido menos errores. Habría sufrido menos. Habría corrido menos riesgos. Pero me habría convertido en una persona diferente. Quizá más protegida. Ciertamente menos completa. Porque cada vez que atravesamos un borde, una parte de la realidad se nos muestra finalmente. No antes. No después. Solamente durante la travesía. Es el motivo por el cual ningún libro puede sustituir una experiencia. Ningún consejo puede sustituir una elección. Ninguna teoría puede sustituir una vida vivida. Podemos prepararnos. Podemos estudiar. Podemos escuchar. Pero el paso nos corresponde siempre a nosotros. Y es un paso solitario.
Las personas pueden acompañarte hasta el margen. Pueden animarte. Pueden sostenerte. Pueden amarte. Pero el último paso pertenece siempre a quien lo da. Con el tiempo comencé a ver el borde no como un obstáculo sino como una invitación. Una invitación a salir de lo que ya conocía. A dejar de definirme a través de lo que había hecho. A dejar espacio a lo que aún podía llegar a ser. Esta conciencia cambió mi relación con el futuro. Dejé de considerarlo un destino. Comencé a considerarlo un territorio de exploración. No debía controlarlo. Debía atravesarlo. Es una diferencia enorme. Porque el control genera tensión. La exploración genera curiosidad.
Y la curiosidad es una de las formas más elegantes de coraje. Mirando hacia atrás hoy, no recuerdo todos los resultados. No recuerdo todos los números. No recuerdo todas las victorias. Recuerdo en cambio los bordes. Los momentos en los que habría podido volver atrás y no lo hice. Los momentos en los que habría podido cerrar la puerta y la abrí. Los momentos en los que habría podido elegir la seguridad y elegí la posibilidad. No siempre salió bien. Algunas veces me equivoqué. Algunas veces pagué un precio alto. Pero cada vez aprendí algo que no habría podido aprender quedándome quieto. Y es esto lo que cuenta. Al final de la vida no estamos definidos solamente por lo que hemos construido. Estamos definidos también por los confines que hemos tenido el coraje de atravesar. Porque todo ser humano posee un borde.
Una línea invisible más allá de la cual comienza la versión siguiente de sí mismo. La mayoría de las personas lo observa desde lejos. Algunas se acercan. Pocas lo atraviesan. Yo no sé si he sido valiente. Solo sé que cada vez que la vida me ha puesto frente a un borde, he intentado no retroceder. Porque es allí donde el mundo se vuelve más grande. Es allí donde el ser humano se vuelve más verdadero. Es allí donde la historia continúa. Más allá del borde.
Ferdinando
Gillette Man ⚔️
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