LA SAGA DE LA COMUNIDAD · Edición Española · No. 21
NINGÚN ASIENTO RESERVADO
Durante muchos años creí que las historias servían para explicar. Explicar un acontecimiento. Explicar una vida. Explicar una elección. Explicar un error. Era una convicción natural. Cada vez que leemos un libro, escuchamos un relato u observamos una biografía, esperamos encontrar una respuesta. Una moraleja. Una conclusión. Un significado ordenado. Luego descubrí algo diferente. Las historias más importantes no explican. Reconocen. No te dicen qué pensar. Te hacen levantar la mirada y decir: “Yo también.” Es una cosa pequeña. Y sin embargo lo cambia todo.
Porque, en el momento en que nos reconocemos en algo, dejamos de ser espectadores. Nos volvemos partícipes. Este libro, estos umbrales, esta larga travesía no fueron escritos para crear admiración. La admiración es frágil. Dura poco. Vive de la distancia. Yo quería otra cosa. Quería cercanía. La cercanía nace solo cuando un ser humano reconoce un fragmento de sí mismo dentro de la historia de otro. No importa el país. No importa la lengua. No importa la religión. No importa el oficio. Lo que cuenta es el reconocimiento. A lo largo de mi vida he atravesado muchas fronteras. Geográficas. Profesionales. Personales.
Y cada vez llegaba a la misma conclusión. Los seres humanos son mucho más parecidos de lo que creen. Cambian las palabras. Cambian las costumbres. Cambian las tradiciones. Pero permanecen idénticas las preguntas. El miedo. El amor. La ausencia. La esperanza. La responsabilidad. La pérdida. La búsqueda de significado. Es por esto que una historia escrita en un lugar puede ser comprendida al otro lado del mundo. No porque narra una cultura. Porque narra una condición humana. Cuando empecé a reunir los fragmentos de mi experiencia, no imaginaba una saga. No imaginaba un sistema narrativo. Ni siquiera imaginaba un destino.
Simplemente estaba tratando de entender qué había quedado. Después del trabajo. Después de los viajes. Después de las pruebas. Después de las personas encontradas. Después de los años. La respuesta llegó lentamente. Había quedado mucho menos de lo que pensaba. Y mucho más de lo que imaginaba. Habían quedado los principios. Las relaciones. Las lecciones. Las presencias. Las responsabilidades aceptadas. Las fidelidades mantenidas. Y sobre todo había quedado algo que no lograba definir. Una especie de hilo. Una conexión invisible entre experiencias aparentemente lejanas. El mismo hilo que quizá ha acompañado también tu vida.
Porque toda existencia posee una trama secreta. Al principio no la vemos. Estamos demasiado ocupados viviendo. Corriendo. Reaccionando. Construyendo. Luego, en cierto momento, el tiempo nos concede una distancia suficiente. Y finalmente empezamos a observar el dibujo. No perfecto. No lineal. Pero real. Quizá sea esta la razón por la que narramos. No para enseñar. Para reconocer. Reconocer lo que ha sido. Lo que sigue existiendo. Lo que merece ser transmitido. A menudo me preguntan cuál es el mensaje. La verdad es que no existe uno solo. Cada lector entrará por una puerta diferente. Alguien se reconocerá en el padre.
Alguien en el hijo. Alguien en la pérdida. Alguien en el renacimiento. Alguien en el viaje. Alguien en la enfermedad. Alguien en la resiliencia. Alguien en el amor. La historia es la misma. La entrada cambia. Y está bien así. Porque ninguna narración pertenece completamente a quien la escribe. En el momento en que es leída, se vuelve también de quien la atraviesa. He aprendido a respetar esta transformación. A no controlarla. A no dirigirla. A dejarla suceder. En el fondo, cada lector reescribe el libro que tiene delante. Utilizando su propia experiencia. Utilizando sus propias heridas. Utilizando su propia memoria.
Por esto no existe una lectura definitiva. Existen miles de lecturas posibles. Todas legítimas. Todas auténticas. Todas humanas. Llegado hasta aquí, después de todos estos umbrales, no siento la necesidad de convencer a nadie. No tengo que demostrar nada. No tengo que buscar aprobación. No tengo que construir un monumento. Me basta una posibilidad más simple. Que alguien, leyendo estas páginas, encuentre un punto de contacto. Un reconocimiento. Un eco. Una frase. Un pasaje. Un silencio. Algo que le haga pensar: “No soy el único.” Quizá sea esta la verdadera tarea de toda narración digna de ser contada.
Reducir la distancia entre seres humanos. Aunque sea por unos minutos. Aunque sea por unas páginas. Aunque sea por un umbral. Porque al final del camino, cuando los títulos pierden importancia, cuando las estadísticas se vuelven polvo y cuando el tiempo empieza a hacer su propio trabajo, queda una sola pregunta. No a quién has admirado. No a quién has seguido. No a quién has imitado. Sino a quién has reconocido. Y es por esto que este umbral existe. No como conclusión. No como invitación. No como instrucción. Sino como posibilidad. Si a lo largo de estas páginas has encontrado algo tuyo, entonces la puerta ya está abierta. No tienes que pedir permiso. No tienes que demostrar nada. Solo tienes que atravesarla. Entra si te reconoces.
Ferdinando
Gillette Man ⚔️
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