09 · Merchandiser y Merchandising

LA SAGA L’ORÉAL · Edición Española  ·  No. 09

MERCHANDISER Y MERCHANDISING


Llegué aquella tarde, puntual, a la dirección indicada, y encontré a unas veinte personas pasando por la misma rutina que yo: allí para aprender y para marcharse, al final, con un certificado de asistencia que para muchos significaría títulos y puntos. El primer día fue una ronda de presentaciones —quiénes éramos, de dónde veníamos—, y entre la gente había alguien de Standa, alguien de Upim, alguien de los ferrocarriles del Estado, una emisora de televisión local, un óptico, un frutero, un consultor de empresas, un agente de ventas de quesos, y yo.

Me pregunté en qué me había metido, pero ya había pagado, y como un idiota supuse que me había marcado un gol en propia puerta; al menos al principio, antes de esperar a ver cómo se desarrollaban las cosas. Había tres instructores, dos mujeres y un hombre, de una edad media de unos treinta y cinco años, con la clase de experiencia que queda bien en un currículum pero no significa necesariamente aptitudes reales. Los habían reclutado en Amazon y LinkedIn, y para ellos era un gran motivo de orgullo y de prestigio formar parte del entorno de una empresa multinacional y poder decir: aquí enseñamos nosotros. El segundo día empezaron a proyectar diapositivas de PowerPoint —era como estar de vuelta en una de mis reuniones de Gillette—, pero me mantuve tranquilo, decidí entender primero y juzgar después. El tercer día apareció un director de la escuela, y le pareció buena idea señalarme e interrogarme delante de todos, casi como tratando de ponerme en un aprieto, aunque no logré entender por qué. Había sido directivo en BIC FRANCE, y despreciaba a Gillette y a todos los relacionados con ella, directa o indirectamente.

El cuarto día volvió con una mujer, la consejera delegada de la multinacional que dirigía la escuela y sus cursos. Se acercó a mi pupitre, arrastró un taburete y se sentó a mi lado. No dijo nada, solo miró los apuntes que yo tomaba en mi cuaderno: nada más que triángulos, ningún apunte de verdad. Aún quedaban dos días para cerrar el curso. Todos estaban contentos y motivados, y cuando la ronda de opiniones llegó a mí, me preguntaron qué pensaba.

Nada, respondí, y toda la sala se quedó en silencio. El último día tuvimos que firmar para cerrar y recoger nuestros certificados de asistencia —el diploma propiamente dicho llegaría por correo—, y tras firmar me despedí y me fui. Me detuve delante de una iglesia y entré. Estaba llena, había una misa en curso, y el curso me había enseñado algo que yo no sabía: los verdaderos maestros del merchandising eran los curas. Vendían sin que nadie se diera cuenta jamás, y eran buenos precisamente porque ni siquiera exhibían la mercancía. Me había gastado un buen dinero, cuando todo lo que habría hecho falta era leer la historia, tal como mi padre había sugerido. Qué error, no haberle hecho caso.


Ferdinando
Gillette Man ⚔️

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