LA SAGA DEL FORASTERO · Edición Española · No. 09
BORGOÑA
Parte III · La Última Vendimia
Con Sabine a mi lado, el futuro ya no parecía lejano. Se había convertido en un lugar. Miraba a lo largo de los viñedos e imaginaba nuevas estaciones. Pensaba en mis hijos, en los hijos de mis hijos, y en lo que pudiera quedar cuando ya no tuviera fuerzas para cabalgar por la finca.
Durante muchos años había perseguido el trabajo. Las responsabilidades. Los desafíos. Los resultados. Había cruzado países, levantado negocios, conocido victorias y derrotas. Y, sin embargo, la serenidad parecía haber escogido aquel rincón de Borgoña y a la mujer que el tiempo, inesperadamente, me había devuelto.
Sabine caminaba a mi lado entre las viñas. Hablábamos poco. Después de cierta edad se descubre que el silencio dice a menudo la verdad con más claridad que las palabras.
Los días fluían con una sencillez que apenas recordaba haber conocido jamás. El vino maduraba lentamente en sus barricas. Los viñedos seguían sus estaciones. Los caballos corrían libres por los campos. Mis hijos venían de visita más a menudo. Y por primera vez en muchos años, miraba mi vida sin sentir la necesidad de cambiar nada.
¿Y el vino? Bueno, los romanos ya lo habían respondido. In vino veritas. En el vino está la verdad. Caen las máscaras. Se debilitan las mentiras. Hasta los sentimientos enterrados acaban por encontrar el valor de hablar.
Así era como imaginaba mi nueva vida. Borgoña. Los viñedos. Los caballos. Sabine. Mis hijos cerca. Yo mismo cabalgando entre las hileras, comprobando la poda, estudiando cómo la luz del sol tocaba las viñas. Todo parecía por fin estar donde debía.
Y había alcanzado los noventa y un años de edad. Noventa y uno. Una edad en la que un hombre cree haber visto lo suficiente para que nada lo sorprenda. Me equivocaba.
Porque nunca esperé oír otro coche subiendo por el largo camino de entrada de la finca. Otro coche. Otra mujer. Otro joven. El vehículo aminoró y se detuvo a unos metros de nosotros. Miré a Sabine. Miré el coche. Miré al joven que bajaba. Por un breve instante tuve la sensación absurda de que la vida repetía una escena que ya había vivido.
La mujer cerró la puerta y permaneció inmóvil, estudiando la casa. Luego me miró. Llevaba la expresión de quien no había llegado allí por casualidad. La expresión de quien había pasado años buscando.
Sentí a Sabine ponerse rígida a mi lado. Yo tampoco podía moverme. La mujer dio unos pasos adelante. El joven se mantuvo cerca. Me observó con atención. Con demasiada atención. Como si buscara una confirmación. Como si intentara recuperar algo de lo que había oído hablar toda su vida.
Por fin, sonrió. Una sonrisa suave. Casi melancólica. Entonces hizo una sola pregunta. «¿Es usted Ferdinando Frega?».
No respondí de inmediato. El miedo no siempre nace de lo que no sabemos. A veces nace de lo que podríamos reconocer. Borgoña permanecía en silencio a nuestro alrededor. Los viñedos respiraban bajo la luz que se apagaba. Nadie hablaba. Ni Sabine. Ni el joven. Ni yo.
Porque en aquel momento comprendí algo que noventa y un años no habían logrado enseñarme. La vida rara vez cierra sus cuentas pendientes. Las guarda. Las protege. Las deja madurar despacio, como el vino que reposa en una barrica.
Luego, justo cuando creemos que la historia termina, abre una puerta que dábamos por sellada para siempre. Un recuerdo. Una pregunta. Un remordimiento. Una mujer. Quizá un hijo. Quizá un viejo amor. O quizá una verdad que necesitó una vida entera para llegar hasta nosotros.
Permanecí inmóvil. Con Sabine a mi lado. Con aquella mujer frente a mí. Con dos jóvenes pertenecientes a historias distintas, o quizá a la misma. Y por primera vez no sentí ninguna urgencia por conocer la respuesta. Porque comprendí que el destino no había venido a cerrar el libro. Había venido a añadir otra página. Y quizá, aquella tarde en el corazón de Borgoña, el capítulo más importante de todos apenas comenzaba.
Ferdinando
Gillette Man ⚔️
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