LA SAGA BIC · Edición Española · No. 06
EL VIAJE
De Reggio Calabria a París.
Había planeado mis preparativos de viaje e informado a Chanel de que llegaría a París en tres semanas. Más allá de compartir ese único dato, ella se mantuvo discreta y reservada, una típica mujer francesa. No preguntó nada más. El momento de mi partida seguía una lógica muy precisa. Estaba previsto que cobrara mi pensión mensual de 351 euros, y con ese dinero podría partir. La verdadera cuestión no era si podía ir, sino cómo. Llamé a un amigo mío que conducía camiones internacionales con regularidad, y acordamos que me llevaría. Antes de aceptar, sin embargo, necesitaba saber qué transportaba. Si el remolque resultaba ir cargado de ganado, tendría que lidiar con el olor. Madre Gillette nunca fue flexible con sus hijos en un punto: el problema nunca está en la mente; solo existe en las acciones que crean soluciones.
Para el alojamiento, había encontrado una habitación compartida a las afueras de la ciudad. Costaba doce euros al día. El lugar estaba situado cerca de la última parada de la línea de metro, y el transporte hasta la ciudad costaría solo tres euros diarios. Mi estancia no duraría más de tres días, no por elección, sino por planificación. Para cuando mi amigo camionero completara su entrega en Bruselas, yo ya estaría listo para el viaje de vuelta, y esta vez no me preocuparía por lo que llevara cargado. El día de la partida llegó por fin. A las dos de la madrugada, mi mujer me preguntó adónde iba. Me vio allí de pie, con una maleta de ruedas, vestido con ropa corriente. Le dije que me habían dado la oportunidad de asistir a una reunión de trabajo, aunque no tenía ni idea de qué puesto podrían ofrecerme. Suponía que, dadas mis cualificaciones, el cargo más alto disponible sería probablemente el de mozo de almacén. No elegiría nada. Simplemente lo aceptaría si me gustaba. Eugenio había aparcado el camión a la entrada del camino que llevaba a mi casa. En cuanto llegué hasta él, mi primera preocupación fue averiguar qué transportaba. No te lo vas a creer. El remolque llevaba plástico destinado a BIC Belgium, donde se usaría para fabricar bolígrafos. Ajajajá. Durante el trayecto de treinta y dos horas de Reggio Calabria a París, paramos únicamente en áreas de servicio de la autopista para repostar, comer y para ir al baño. Mientras tanto, Eugenio no dejaba de cambiar los documentos del tacógrafo. Cada vez que lo hacía, aparecía en el papeleo el nombre de un conductor distinto. Siempre era Eugenio al volante. Y sin embargo, el sistema registraba a seis conductores diferentes. Solo eso bastaba para comprender que me hallaba dentro de un sistema que no funcionaba bien, y que esa era la única solución que la gente había encontrado para reducir costes. Al final llegamos a las afueras de París.
Eugenio me dejó cerca de una estación de metro, la misma estación que tendría que volver a encontrar cuando llegara el momento de regresar a casa. Me preguntó adónde iba. Respondí: «Voy a reunirme con unas mujeres.» Me miró y dijo: «El poder del sexo.»
Ferdinando
Gillette Man ⚔️
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