Un pensamiento poco común

Edición española  ·  VATICAN SAGA · 01/17

Un pensamiento poco común


Mientras recorría este camino narrativo, que nació como una entidad autobiográfica independiente, aunque nunca con mentalidad editorial, no encontré demasiados obstáculos, salvo los frecuentes juicios editoriales que discrepaban abiertamente, a menudo con bastante dureza, alegando que era una forma de narración que no resultaba ni legible ni digerible para un público moldeado en gran medida por una cultura AMAZON-FRIENDLY. Los lectores se habían acostumbrado a historias aprobadas, educadas y adaptadas según lo que los editores consideraban aceptable, perdiendo a menudo la verdadera naturaleza de la obra misma. Por lo tanto, la mía, decían, nunca encajaría. Irónicamente, eso era precisamente lo que más me estimulaba: la posibilidad de contar una historia sin censura, sin adaptación, destinada a un lector universal, donde la lectura no fuera simplemente sobre una historia, sino sobre una vida vivida, o imaginada, y sin embargo creíble sin necesidad de ser creída.

Nunca usé un plan predefinido sobre qué escribir. Me guiaban mi mente, mis experiencias, mis convicciones y mis fantasías. Dentro de cada una de ellas nació el personaje de JESÚS. No el descrito en la espiritualidad, sino el que pertenece al marketing, a las ventas y al mundo corporativo, donde el producto principal era una sola cosa: la palabra.

Luego llegaron historias distintas, algunas más divertidas que otras, pero siempre historias narrativas, nunca blasfemas y nunca irrespetuosas. De ellas surgió lo que definí como el colega de Gillette del año 2000, existente dentro de una empresa que solo nacería a finales del siglo XIX y que, de algún modo, se convertía en su primer dignatario de la historia.

¿Por qué cuento esto con tanto detalle?

Porque hace apenas dos días envié una carta al Papa americano, cuyo apellido es francés, PREVOST, y me encontré reflexionando sobre el apellido GILLETTE, un hombre americano con apellido francés. Me detuve y pensé en mi propio papel, casi como si me hubieran delegado contar la verdad de un proyecto donde la primera prueba era la marca con el producto, y la segunda era el producto sin la marca.

¿Y si realmente fuera así?

Entonces quizá simplemente he disfrutado de ser un espectador que no paga.

Y como sabemos, cuando no pagamos por algo, o vale muy poco, o hemos logrado realizar un sueño sin esfuerzo.


Ferdinando

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