Edición española · VATICAN SAGA · 03/17
Bien afeitado
El poder de la gratuidad
Todo poder en el mundo pide algo. Un voto. Una compra. Una firma. Una fidelidad. Un interés. Incluso el amor, una vez que entra en las organizaciones, tarde o temprano pasa la factura. Existe entonces una fuerza anómala que escapa a la lógica del intercambio. La gratuidad. Es el poder más antiguo del mundo y, al mismo tiempo, el menos comprendido. Jesús no fue el principio, pero fue el primero en usar el lenguaje de la palabra y convertirlo en una narrativa capaz de caminar sola. No construyó ejércitos. No fundó bancos. No abrió templos. No conquistó territorios. Creó una historia. Y cuando una historia se vuelve lo bastante fuerte como para sobrevivir a su narrador, nace algo que el poder reconoce de inmediato: la influencia. Fue entonces cuando nació el interés. No el interés de amarlo. No el interés de comprenderlo. El interés de dirigirlo sin tener que combatirlo. Como narrador, esta es la visión que imagino. Un hombre con túnica. Alto. Guapo. Pelo largo. Bien afeitado. Camina entre una multitud ruidosa y, sin levantar la voz, todavía consigue hablar.
No habla a todos. Habla a cada uno. Pocas palabras. Las justas. Palabras que no mandan. Palabras que abren. Palabras que llegan más lejos que el silencio. Así nace el profeta. No cuando alguien lo proclama. Cuando la gente empieza a hablar de él a los demás. Pero los hombres del templo notaron que algo estaba cambiando. Las cifras de asistencia bajaban. La curiosidad se desplazaba. También la atención. Y quien controla la atención controla el poder. Así que lo convocaron al palacio. Oficialmente para entender quién era. En realidad para entender cómo detenerlo. No llevaba la túnica de los fariseos. No llevaba el turbante. No portaba las insignias de la autoridad. Tampoco llevaba la barba larga que identificaba el formato dominante de la época. En sus interrogatorios intentaron devolverlo al perímetro. Asignarle una categoría. Encontrarle una etiqueta. Convertirlo en una versión menor de lo que ya conocían. Pero él seguía escurriéndose. Y una respuesta por encima de todas parece atravesar el tiempo como una flecha: ¿Por qué miras la paja en mi ojo y no te preocupas de la viga en el tuyo? La referencia era a la barba. Porque todo poder examina los detalles del otro cuando ya no puede defender sus propias contradicciones.
Con su sistema había enseñado a la gente una nueva posibilidad: vivir fuera del formato. No contra el sistema. Fuera de él. Lo cual es mucho más peligroso. Porque los sistemas saben defenderse de los adversarios. Les cuesta, en cambio, entender a alguien que simplemente deja de jugar según sus reglas. Después la política siguió su curso. Siempre lo ha hecho. Cuando no pudo vencerlo combatiendo en igualdad de condiciones, usó el arma más antigua del mundo: la sustracción. Quitar. Reducir. Simplificar. Poner al público ante una elección ya tomada. El trato en la plaza llegó como llega toda operación bien construida. Disfrazado de democracia. Jesús bien afeitado, o Barrabás con barba. Libertad o formato. Imprevisibilidad o pertenencia. El juego era fácil. Ganó el formato. Como casi siempre ocurre. Pero justo en el momento de la derrota, la gratuidad mostró su verdadera naturaleza. Porque el poder tradicional reacciona. La gratuidad comprende. Y él respondió con una frase que ninguna organización, ningún gobierno y ningún algoritmo pueden todavía explicar del todo: Perdónalos, porque todavía no saben lo que hacen. No era una justificación. Era un diagnóstico. Sus discípulos hicieron el resto. Escribieron un libro.
O quizá algo aún más raro. Escribieron una narrativa capaz de sobrevivir milenios. Traducida a todos los idiomas. Atravesada por todas las culturas. Interpretada por todas las religiones. Discutida, amada, distorsionada, reescrita, defendida y atacada. Y sin embargo sigue aquí. Ningún departamento corporativo ha logrado jamás igualar su distribución. Ningún diseño publicitario, su duración. Ningún logotipo, su reconocibilidad. Porque los productos viajan por los mercados. Las narrativas viajan por las personas. No hay blasfemia en esta visión. Solo existe el derecho absoluto a contar. Un derecho que se mueve fuera de sus mercados, independiente y sin molestarse. Y quien no esté de acuerdo es libre de buscar otros libros, donde pueda leer el formato que mejor le convenga. Este, al fin y al cabo, es el poder de Jesús. No el poder de la fuerza. No el poder del dinero. No el poder del gobierno. El poder de la gratuidad. El único poder que sigue circulando cuando su narrador ya no está. Ferdinando © Ferdinando Frega. Todos los derechos reservados. Registrado oficialmente y protegido por la Ley de Derechos de Autor de los Estados Unidos.
Ferdinando