05 · Abre La Puerta Tú Mismo

LA SAGA DE LA COMUNIDAD · Edición Española · No. 05

ABRE LA PUERTA TÚ MISMO


Hay una extraña costumbre que acompaña a muchas personas durante toda la vida. Esperan. Esperan el momento justo. Esperan la ocasión justa. Esperan el reconocimiento. Esperan a alguien que les diga que están listos. Esperan una autorización invisible que casi nunca llega. Durante años observé a hombres y mujeres extraordinarios quedarse quietos en el umbral de sus propias posibilidades. No porque les faltara talento. No porque les faltara inteligencia. Sino porque esperaban un permiso. Alguien que dijera: «Ve.» «Ahora puedes.» «Estás autorizado.» La vida raramente funciona así. Es más, casi nunca.

Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que ninguna de las decisiones realmente importantes de mi existencia fue precedida por una certeza. Ninguna. Cuando empecé algo nuevo no estaba listo. Cuando cambié de dirección no tenía toda la información. Cuando acepté desafíos más grandes que yo no poseía garantías. Poseía solamente una convicción. Que quedarme quieto habría sido peor. La diferencia entre una vida vivida y una vida observada a menudo se encuentra allí. En el momento en que una persona deja de pedir permiso al futuro. De jóvenes creemos que existen personas encargadas de decidir por nosotros. Los maestros. Los directivos. Las instituciones. Las autoridades. Con el tiempo descubrimos que esas personas están afrontando el mismo misterio que afrontamos nosotros.

Nadie posee un mapa completo. Nadie conoce de verdad el final. Todos están improvisando un trozo de su propia historia. Este descubrimiento puede asustar. O puede liberar. Para mí fue una liberación. Porque me obligó a asumir responsabilidad. La responsabilidad es una palabra curiosa. Muchos la asocian al peso. Yo la asocio a la libertad. Mientras otro decide por ti, siempre puedes atribuirle la culpa. Cuando decides tú, ya no existen coartadas. Existes solamente tú. Y la dirección que has elegido. Hubo momentos en los cuales habría sido mucho más simple renunciar. Quedarme donde me encontraba. No arriesgar. No exponerme. No cambiar. Todo recorrido contiene estos cruces.

Llegan sin anunciarse. Una puerta se abre. Una parte de nosotros quiere atravesarla. Otra quiere escapar. Porque el cambio siempre tiene un precio. Nadie ve ese momento. Desde fuera todo parece simple. Desde dentro es una batalla. No contra el mundo. Contra nosotros mismos. Contra el miedo a equivocarse. El miedo a no estar a la altura. El miedo al juicio. El miedo a perder lo que ya poseemos. Aprendí que el miedo es un mal consejero pero un óptimo indicador. A menudo señala precisamente la dirección que deberíamos explorar. No porque sea agradable. Porque contiene crecimiento. Las experiencias que transformaron mi vida no eran cómodas. No estaban garantizadas.

No estaban exentas de riesgos. Eran simplemente necesarias. En cierto punto hay que elegir. Se puede seguir pidiendo autorizaciones. O se puede empezar a vivir. Las dos cosas raramente coinciden. Encontré personas que poseían todos los requisitos posibles y que nunca partieron. Y otras que no poseían casi nada pero atravesaron continentes, construyeron empresas, afrontaron enfermedades, reinventaron su propia existencia. La diferencia no estaba en el currículum. Estaba en la actitud. Las segundas habían comprendido algo. Nadie llegaría a salvarlas. Nadie les entregaría el momento perfecto. Nadie certificaría oficialmente que estaban listas. Por eso empezaron. Y basta. Con el tiempo comprendí que casi todas las grandes transformaciones empiezan de manera imperfecta.

Un primer paso incierto. Una llamada telefónica. Un viaje. Una firma. Una decisión que parece más grande que la persona que la toma. A menudo el coraje es descrito como ausencia de miedo. Es una tontería. El coraje es avanzar mientras el miedo sigue caminando a tu lado. Sabiendo que no desaparecerá. Sabiendo que hará ruido. Sabiendo que intentará convencerte de volver atrás. Y avanzando de todos modos. Lo que hoy vemos como una trayectoria coherente era, en el momento en que ocurría, una secuencia de decisiones frágiles. Muchas veces no tenía la certeza de hacer lo correcto. Tenía solamente la certeza de que no hacer nada era lo equivocado. Es una diferencia sutil pero decisiva. La vida no premia siempre a quien gana.

Premia a menudo a quien parte. A quien intenta. A quien osa. A quien atraviesa la puerta. Porque cada experiencia genera otra experiencia. Cada paso crea nuevas posibilidades. Cada movimiento produce nuevos encuentros. Quedarse inmóvil, en cambio, produce solamente inmovilidad. Hoy muchas personas buscan motivaciones. Yo busco una dirección. Las motivaciones cambian. Las direcciones quedan. Siempre habrá personas dispuestas a explicarte por qué algo es imposible. Por qué no es el momento. Por qué no estás listo. Por qué no tienes suficiente experiencia. Por qué el riesgo es demasiado alto. Escúchalas. Luego decide solo. Porque al final ninguna de ellas vivirá tu vida.

Ninguna de ellas llevará el peso de tus renuncias. Ninguna de ellas atravesará el tiempo en tu lugar. Ese es un trabajo que solo te corresponde a ti. Si hay una lección que el tiempo me dejó, es esta. Las ocasiones que cambiaron mi existencia no llegaron acompañadas de una carta de autorización. No traían sellos. No traían certificados. No traían garantías. Traían solamente una pregunta. «¿Quieres entrar o quieres quedarte fuera?» Cada vez tuve miedo. Cada vez dudé. Cada vez comprendí la misma cosa. Nadie me daría permiso. Por eso abrí la puerta solo. Y es allí donde la historia siguió caminando.


Ferdinando
Gillette Man ⚔️

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