15 · Ningún Camino De Regreso

LA SAGA DE LA COMUNIDAD · Edición Española · No. 15

NINGÚN CAMINO DE REGRESO


Existen viajes que comienzan con una partida. Y otros que comienzan con una pérdida. Este pertenece a la segunda categoría. Durante mucho tiempo creí que el regreso era una cuestión geográfica. Dejar un lugar. Atravesar una distancia. Volver al punto de partida. Era una definición simple. Cómoda. También equivocada. Con el pasar de los años descubrí que algunos regresos no conducen a ningún lugar visible. Porque el lugar al que llegar ya no existe. O nunca existió. O hemos cambiado demasiado para poder reconocerlo. Y sin embargo la necesidad de volver permanece. Es una de las nostalgias más profundas del ser humano.

Queremos volver a cuando las cosas parecían más simples. Más claras. Más ordenadas. Queremos volver a las personas que hemos perdido. A las ocasiones perdidas. A las decisiones no tomadas. A los momentos en que la vida parecía todavía abierta a todas las posibilidades. Pero el tiempo no devuelve nada. No es su oficio. El tiempo transforma. Nunca devuelve. Hubo años en los que perseguí regresos imposibles. Lo hacía sin darme cuenta. Intentaba recuperar versiones anteriores de mí mismo. El joven. El profesional. El hijo. El hombre convencido de saber a dónde iba. Cada intento terminaba de la misma manera.

Con una decepción. Porque esa persona ya no existía. Y estaba bien que así fuera. Una mañana comprendí algo que cambió mi manera de mirar el pasado. No deseaba realmente volver atrás. Deseaba recuperar una sensación. Una seguridad. Una familiaridad. Una versión del mundo en la que las preguntas parecían menos numerosas que las respuestas. Pero la vida no ofrece viajes en el tiempo. Ofrece solamente transformaciones. Fue entonces cuando comencé a mirar el regreso de otra manera. No como un movimiento hacia lo que había sido. Sino como un acercamiento a lo que me había convertido. La diferencia es enorme. Cuando intentamos volver atrás, combatimos contra el tiempo. Cuando aceptamos seguir adelante, comenzamos finalmente a comprenderlo.

Muchas personas pasan la existencia buscando un hogar. Piensan que es un lugar. Una ciudad. Una calle. Una nación. Luego llega el día en que descubren que el hogar es un estado del alma. Y que ninguna coordenada geográfica puede garantizarlo. Durante mi vida he atravesado muchos países. Muchas culturas. Muchas lenguas. Cada vez dejaba algo. Cada vez recogía algo más. Sin darme cuenta me estaba convirtiendo en un archivo viviente de experiencias. Un mosaico compuesto por lugares diferentes. En cierto punto dejé de preguntarme: “¿A dónde pertenezco?” Y comencé a preguntarme: “¿Qué llevo conmigo?” La segunda pregunta era mucho más útil.

Porque las pertenencias cambian. Las fronteras cambian. Los mapas cambian. Lo que llevamos dentro, en cambio, sigue viajando. Recuerdo algunas noches en las que la sensación de desorientación era más fuerte de lo habitual. Noches en que todo parecía distante. Las personas. Los lugares. Las certezas. Incluso yo mismo. En esos momentos emergía la tentación más antigua. Volver atrás. Anular. Restaurar. Recomenzar desde un punto anterior. Pero cada vez la realidad me mostraba la misma verdad. No existe un punto anterior. Existe solamente el punto actual. Y la elección de qué hacer con él.

Con el tiempo aprendí a considerar el pasado no como un destino sino como una biblioteca. Un lugar para visitar. No para habitar. Porque quien vive en el pasado deja lentamente de habitar el presente. Y sin presente no existe futuro. Las personas que he amado. Las ciudades que he atravesado. Las ocasiones que he perdido. Los éxitos. Las derrotas. Todo seguía existiendo. Pero en una forma distinta. Como páginas ya escritas. Para releer. No para reescribir. Fue una liberación. Porque dejé finalmente de buscar lo que no podía ser recuperado. Y comencé a invertir energía en lo que aún podía ser construido.

Paradójicamente fue precisamente en ese momento cuando el pasado dejó de perseguirme. Cuando dejé de tratarlo como un destino. Ocurrió algo parecido con las personas. Muchas habían salido de mi vida. Algunas por elección. Otras por necesidad. Otras por el simple trabajo del tiempo. Al principio interpretaba esas ausencias como pérdidas. Luego comprendí que algunas presencias seguían existiendo de maneras diferentes. En las lecciones dejadas. En los recuerdos. En los comportamientos. En las decisiones que seguían influyéndome. También esto era un regreso. No de las personas. De su significado. Quizás la madurez consiste precisamente en esto. Comprender que nada regresa en su forma original.

Pero casi todo puede seguir viviendo en una forma nueva. Al final dejé de buscar el camino del regreso. Porque comprendí algo que ningún mapa había mostrado jamás. No estaba regresando de ninguna parte. Estaba llegando. Llegando a una versión de mí mismo construida por todas las partidas, todas las pérdidas, todos los encuentros y todas las transformaciones. Y fue entonces cuando la paradoja se resolvió. El regreso que había buscado durante años no conducía al pasado. Conducía a mí. Por eso el título de este umbral es exacto. No porque no existiera un destino. Sino porque el destino no tenía una dirección. Era un lugar sin geografía. Sin fronteras. Sin coordenadas. Un lugar que había atravesado durante toda la vida sin reconocerlo. El regreso desde ninguna parte.

El regreso hacia lo que me había convertido.


Ferdinando
Gillette Man ⚔️


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