08 · Borgoña — Parte II · El Regreso de Sabine

LA SAGA DEL FORASTERO · Edición Española · No. 08

BORGOÑA

Parte II · El Regreso de Sabine


Mis primeros días los dediqué a reorganizar la finca. Algunos empleados querían negociar. Otros querían explicarme cómo se habían hecho siempre las cosas. Unos pocos creían que la tradición era en sí misma un argumento. Escuché. Después decidí.

No tenía intención alguna de renegociar salarios, privilegios ni viejas costumbres. Quienes desearan quedarse eran bienvenidos. Quienes desearan marcharse recibían un apretón de manos y una sonrisa. Sin rencor. Hacía tiempo que había aprendido que ciertas costumbres rara vez cambian. Se sustituyen. Así que empecé a formar un nuevo equipo. Personas responsables. Personas que no necesitaban supervisión a cada hora del día. Mi filosofía era sencilla: no mandar. Crear responsabilidad.

Las semanas pasaban despacio, medidas por el ritmo de los viñedos y por el viento que recorría las colinas de Borgoña. Creí haber encontrado por fin una paz que ya no buscaba.

Entonces, una tarde, apareció un coche italiano a la entrada de la finca. Desde lejos vi bajar a una mujer y a un joven. Buscaban a alguien. Hablaban animadamente con uno de los trabajadores, que no entendía ni una sola palabra de italiano. Repetían un nombre. Mi nombre.

Me acerqué a caballo. Y el tiempo se detuvo. Era Sabine. No necesitaba hablar. No necesitaba presentarse. Hay rostros que quedan grabados en la memoria más hondamente que las fotografías. Los reconoces al instante. Incluso después de décadas.

Por un momento volví a ser joven. No el joven de las viejas fotos. No el joven de los documentos oficiales. El joven de los sueños. De los errores. De las promesas inconclusas. Mi corazón empezó a latir con una fuerza que creía perdida hacía mucho.

Bajé del caballo, fingiendo calma. Ella sonrió. La misma sonrisa. La misma luz en los ojos. El tiempo había añadido elegancia, no distancia.

A su lado había un joven al que presentó como su sobrino. Lo estudié con atención. Había algo inquietante en el parecido. Los mismos ojos. La misma expresión. La misma dulzura obstinada.

Sabine me miró como se mira a una persona que nunca abandonó del todo la propia vida. No hubo turbación. Ni explicaciones. Solo el peso callado de todo lo que nunca habíamos vivido.

Caminamos entre las viñas. Hablamos del pasado como se habla de una vieja casa aún habitada por los recuerdos. Le pregunté cómo había logrado encontrarme. Se rió. Una risa que recordaba a la perfección.

«Culpa tuya». «¿Mía?». «Sí. Siempre lo anotabas todo. Lo que no podías decirle a la gente directamente, se lo contabas al mundo a través de tus libros. Seguí tus palabras durante años. Cada página dejaba otra pista. Tarde o temprano sabía que te encontraría».

Permanecí en silencio. Porque tenía razón. Y en aquel momento comprendí algo. Ella no había llegado por casualidad. Y quizá yo tampoco. A veces la vida tarda décadas en terminar una frase interrumpida mucho tiempo atrás.


Ferdinando
Gillette Man ⚔️


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