JESÚS

LA SAGA DEL PODER ILIMITADO · Edición española  ·  N° 01

JESÚS


Todo poder en el mundo pide algo.

Un voto.

Una compra.

Una firma.

Una lealtad.

Un interés.

Incluso el amor, una vez que entra en las organizaciones, tarde o temprano pasa la cuenta.

Existe, sin embargo, una fuerza anómala que escapa a la lógica del intercambio.

Dar gratuitamente.

Es el poder más antiguo del mundo y, al mismo tiempo, el menos comprendido.

Jesús no fue el principio, pero fue el primero en usar el lenguaje de la palabra y convertirlo en un relato capaz de caminar por sí solo.

No construyó ejércitos.

No fundó bancos.

No abrió templos.

No conquistó territorios.

Creó una historia.

Y cuando una historia se vuelve lo bastante fuerte como para sobrevivir a su narrador, nace algo que el poder reconoce de inmediato: la influencia.

Fue entonces cuando nació el interés.

No el interés de amarlo.

No el interés de comprenderlo.

El interés de dirigirlo sin tener que combatirlo.

Como narrador, esta es la visión que imagino.

Un hombre con túnica.

Alto.

Apuesto.

Cabello largo.

Rostro afeitado.

Camina entre una multitud ruidosa y, sin alzar la voz, aun así logra hacerse oír.

No habla a todos.

Habla a cada uno.

Pocas palabras.

Las justas.

Palabras que no ordenan.

Palabras que abren.

Palabras que hacen más ruido que el silencio.

Así nace el profeta.

No cuando alguien lo proclama.

Sino cuando la gente empieza a hablar de él a los demás.

Pero los hombres del templo advirtieron que algo estaba cambiando.

Las cifras de asistencia bajaban.

La curiosidad se desplazaba.

También la atención.

Y quien controla la atención controla el poder.

Así que lo convocaron al palacio.

Oficialmente, para entender quién era.

En realidad, para entender cómo detenerlo.

No llevaba la túnica de los fariseos.

No llevaba el turbante.

No portaba las insignias de la autoridad.

Y menos aún lucía aquella larga barba que identificaba el formato dominante de la época.

En sus interrogatorios intentaron devolverlo dentro del cerco.

Asignarle una categoría.

Encontrarle una etiqueta.

Convertirlo en una versión menor de lo que ya conocían.

Pero él seguía escapándose.

Y una respuesta por encima de todas parece atravesar el tiempo como una flecha: «¿Por qué miras la paja en mi ojo y no te preocupas por la viga en el tuyo?» La alusión era a la barba.

Porque todo poder examina los detalles del otro cuando ya no puede defender sus propias contradicciones.

Con su sistema había enseñado a la gente una nueva posibilidad: vivir fuera del formato.

No contra el sistema.

Fuera de él.

Lo cual es mucho más peligroso.

Porque los sistemas saben defenderse de sus adversarios.

Lo que les cuesta, en cambio, es comprender a quien sencillamente deja de jugar según sus reglas.

La política siguió entonces su curso.

Siempre lo ha hecho.

Cuando no pudo vencerlo combatiendo en igualdad de condiciones, usó el arma más antigua del mundo: la sustracción.

Quitar.

Reducir.

Simplificar.

Poner al público ante una elección ya decidida.

El trato en la plaza llegó como llega toda operación bien construida.

Disfrazado de democracia.

Jesús, el afeitado, o Barrabás, el barbudo.

Libertad o formato.

Imprevisibilidad o pertenencia.

El juego fue fácil.

Ganó el formato.

Como casi siempre ocurre.

Pero justo en el momento de la derrota, el dar gratuitamente reveló su verdadera naturaleza.

Porque el poder tradicional reacciona.

El dar gratuitamente comprende.

Y respondió con una frase que ninguna organización, ningún gobierno y ningún algoritmo pueden todavía explicar del todo: «Perdónalos, porque aún no saben lo que hacen.» No era una justificación.

Era un diagnóstico.

Sus discípulos hicieron el resto.

Escribieron un libro.

O quizá algo aún más raro.

Escribieron un relato capaz de sobrevivir milenios.

Traducido a todas las lenguas.

Atravesado por todas las culturas.

Interpretado por todas las religiones.

Disputado, amado, distorsionado, reescrito, defendido y atacado.

Y sin embargo, todavía aquí.

Ningún departamento corporativo ha logrado jamás igualar su distribución.

Ningún diseño publicitario, su duración.

Ningún logotipo, su reconocibilidad.

Porque los productos viajan a través de los mercados.

Los relatos viajan a través de las personas.

No hay blasfemia en esta visión.

Solo existe el derecho absoluto a contar.

Un derecho que se mueve fuera de sus mercados, independiente e imperturbable.

Y quien no esté de acuerdo es libre de buscar otros libros, donde podrá leer el formato que mejor le convenga.

Esta es, al fin y al cabo, la carta de Jesús.

No el poder de la fuerza.

No el poder del dinero.

No el poder del gobierno.

El poder de dar gratuitamente.

El único poder que sigue circulando incluso después de que su narrador ha dejado la mesa de juego.


Ferdinando

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