GILLETTE & L’ORÉAL, WOMEN USA — VOL. IV
L’ORÉAL · 12

Missouri, Montana, Nebraska, Nevada, New Hampshire, New Jersey, New Mexico, New York State. El cuarto tramo de la travesía americana, de las llanuras a la costa este.
Capítulo Cero — apertura común
Este capítulo de apertura es común a los seis volúmenes de Women of the United States. Se reproduce aquí íntegro, y plegado, para que la serie pueda leerse en secuencia sin repeticiones.
CAPÍTULO CERO
Aquí el mundo no es un territorio: es un límite. El Polo Norte no acoge, no perdona, no deja margen al error. El blanco reina como una entidad absoluta, silenciosa y sin memoria. La temperatura no es un dato meteorológico: es un depredador. La noche dura meses, aplasta los pensamientos, deforma los contornos de las personas, se traga su voluntad.
Las comunidades son pocas, pequeñas y cerradas. Inuit, yupik, pueblos árticos viven donde nadie elegiría quedarse. Aquí cada individuo es esencial para la supervivencia del grupo. Si no eres útil, te conviertes en una carga. Y quien se convierte en una carga desaparece en el silencio, en la nieve, en la lógica de un entorno que no hace concesiones.
Las bases científicas añaden otro tipo de frío: el de las jerarquías. Aquí una mujer es una presencia rara, una anomalía que debe adaptarse o sucumbir.
En este lugar el concepto de «desaparición» no existe. Solo existe el blanco que lo borra todo.
Mujeres inuit y yupik
La niña ártica no es mimada: es preparada. Aprende pronto a resistir el frío, la oscuridad y el hambre. Debe volverse útil para el clan, porque aquí la identidad no es personal. Es funcional. La mujer carga con el peso de la familia y de la comunidad: comida, fuego, hijos, pieles, cuidados. Nadie habla de derechos. Nadie habla de fragilidad. La depresión existe, pero no tiene nombre. La violencia existe, pero no tiene testigos.
La mujer de las bases científicas
Instruida, competente, acostumbrada a la disciplina. Llega como investigadora, técnica, médica. Descubre enseguida que el Polo Norte no reconoce títulos. Aquí solo cuenta la dureza mental. Las jerarquías masculinas la dominan, y cualquier señal de debilidad se interpreta como debilidad. Es un entorno donde la fuerza no basta: hace falta un autocontrol extremo.
La mujer occidental «de fuera»
Criada en libertad, llega convencida de que puede conquistar el frío. Pero el lugar la quiebra: soledad, espacios minúsculos, silencios interminables. Las bases no son comunidades, son mecanismos. Y una mujer, dentro de un mecanismo diseñado por hombres, tiene que luchar para no desaparecer.
El viaje al confín del mundo
Mi vecino, Antonio, al que todos llamaban Nino, llevaba años hablando del Cabo Norte, del sol de medianoche, de los meses sin oscuridad. Era un sueño que guardaba en el bolsillo, como algo imposible. Una mañana de mayo toqué su timbre y le dije solo esto: «Haz la maleta. Vuelvo dentro de una hora. Regresamos en 30 días». Me miró sorprendido, feliz. Su mujer, preocupada, preguntó cuáles eran nuestros planes. «Perseguir un sueño», respondí.
Subimos al coche. Nuestras mujeres nos miraban como si estuviéramos locos. Pero aquel viaje era real. Nino ya estaba lleno de preguntas. «¿Adónde vamos? ¿Cuánto dinero tengo que llevar?». «Tranquilo», le dije. «Llegamos en 54 horas. Solo 5.000 km. Vamos en el Range Rover nuevo. Disfruta del viaje».
Cada 300 km tenía que parar: él, doce años mayor que yo, tenía su propio ritmo. Yo tenía agua y líquidos; él, café y necesidades físicas. Y cuanto más avanzábamos, más me hablaba de su vida. Cosas que nunca habría sabido si no hubiera sido por aquella carretera interminable.
Dos hombres solos en un coche hablando siempre de mujeres. Él solo había conocido a su mujer. Yo me reía. Lo tranquilicé: «Nosotros somos igual».
Me preguntó cómo conseguía no perder la cabeza conduciendo 60 horas. Le hablé de Rusia, cuando a los 22 años conduje 51 horas para encontrarme con una mujer a la que nunca había visto. «Las distancias no son límites», le dije, «son excusas. Yo nunca he tenido ninguna».
La llegada al blanco
Entramos en Noruega. Un albergue en la carretera. Allí dejaríamos el coche y seguiríamos en trineo.
La guía iba cubierta, impenetrable. Cuando se quitó las gafas, descubrí que era una mujer. Una noruega, silenciosa, directa, glacial. Nino en el centro del trineo, ella delante, yo con mis 190 cm detrás, cerrando la fila.
Todavía era de día. Mi reloj marcaba la hora, pero no me decía si era de noche o de mañana. Era el sol de medianoche. Habíamos llegado al Cabo Norte.
Nino lloró. Me abrazó. Le dije, riendo: «Cuidado… la gente va a pensar que somos gais». Nos reímos, pero estábamos en el confín del mundo.
Luego llegó la helada: –52 °C.
La entrada en el verdadero Ártico
Nos llevaron a un contenedor metálico para cambiarnos. Trajes acolchados pesadísimos, cerrados con cremalleras complicadas.
Pagué a la guía. A Nino lo dejaron en un iglú con unos hombres; a mí, en otro con una familia: un anciano, de entre 70 y 80 años, y tres mujeres de entre 30 y 50.
Era un mundo cerrado. Simple. Brutal.
El hombre se mantenía aparte. Las mujeres llevaban el ritmo. Y el baño era un montículo a cinco metros del iglú: la caca se congelaba antes de tocar el suelo. Mi primera meada se convirtió en una estrella ártica amarilla. Era el Norte que me saludaba.
La mujer de mediana edad, Magi, hablaba un poco de inglés. Lo demás eran gestos, ojos, manos. El idioma del frío.
Cuando no sabía bien cómo usar el traje, ella, sin pensarlo, me tocó la entrepierna para enseñarme una cremallera escondida. No había malicia, ni vergüenza: solo función. Supervivencia.
Los tres días en el iglú
Trajeron comida. Pescado ahumado, pescado crudo, hígado de bacalao, vientre de ballena. Y bolas de tiburón. No había elección. No había alternativa. Era lo que da la naturaleza.
Luego bebí: un líquido rojo. Pensé que era vino. Era sangre de ballena filtrada, hervida y endulzada. La bebí. Me dio una fuerza que nunca había sentido. Una energía primitiva. Pensé que era cocaína. No. Era el Norte entrando en el cuerpo.
Las mujeres me observaban. El anciano salía a cazar. Yo descansaba y bebía sangre. Tres días sin teléfono, sin internet, sin ordenador, sin Nino. Solo yo y ellas.
No había noche. Solo luz, fuego, hielo y aliento.
Las tres mujeres se tumbaron a dormir. Yo buscaba un sitio. La más joven levantó el brazo y me hizo señas para que me acercara. Estallaron en carcajadas. Yo no entendía. Dijeron que yo era su «Navidad».
Una manera de decir que me habían aceptado.
Intenté darles algo de dinero para darles las gracias. Lo rechazaron. Solo querían un abrazo. Y unas palabras en calabrés para sentirse más cerca.
Allí entendí el valor de los regalos verdaderos: los que no se pueden comprar ni vender.
La despedida de la guía
Al cabo de tres días llegó la guía. Habló con las tres mujeres durante una hora. Yo estaba fuera. No entendía lo que decían. No era asunto mío. Era su lengua, su mundo, su ley.
En el contenedor, mientras me desvestía, entró la guía. Curiosa. Directa. Nórdica. Me abrazó con fuerza. Me besó. Su piel era blanca como la leche. Sus ojos, azules como el cielo de agosto.
Me pidió que me la llevara. Habría hecho cualquier cosa por salir de aquel mundo.
Sonreí con respeto. No podía. No debía.
Solo le dejé una promesa: «Si necesitas algo, escríbeme una carta. Te ayudaré». Rechazó incluso el dinero. Era una mujer hermosa, pero sola. Una soledad que no se ve de lejos. Una soledad que el frío no perdona.
El regreso a casa
Fuimos a recoger a Nino. Estaba entusiasmado. No quería volver. Pero yo tenía una cita con su mujer.
Les contó a todos sus tres días. Yo me callé. Nunca compartí nada con aquel hombre. Solo con el papel.
Y así, mientras Nino volvía a su mundo, yo ya iba camino de otro. Otro destino. Otro encuentro.
Bienvenido.
Epílogo
El Norte no te lleva: te cambia. Y nunca
te devuelve entero. Los hombres van al Polo Norte buscando luz, silencio, fotografías, sueños. Las mujeres se quedan para sobrevivir.
Los hombres cuentan lo que han visto. Las mujeres callan lo que han vivido.
Los hombres vuelven. Las mujeres se quedan. Se quedan en el frío, en casas de nieve, en silencios que nadie oye. Se quedan para sostener comunidades que no las celebran. Se quedan para proteger a niños, ancianos, extraños. Se quedan invisibles.
De allí solo me llevé un recuerdo: una mujer hermosa, increíblemente hermosa, pero sola. No en un sentido romántico. En un sentido humano. En un sentido trágico.
Reflexión
El Norte no mata el cuerpo. Mata la presencia. Y lo que queda es el blanco: un lugar donde las mujeres viven y desaparecen al mismo tiempo.
Por eso escribo. Porque los lugares extremos no cuentan su propia historia. Y quien los atraviesa no puede permitirse el lujo de quedarse callado.
Yo no. Yo no. Mi tierra me dio a luz, y el resto del mundo me acoge no como a un huésped, sino como a uno de la familia.
De la blancura absoluta del Norte descendí a la confusión absoluta de los Estados Unidos.
ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
El encargo imposible
Trabajar dieciocho años para una empresa americana te da algo que ninguna otra empresa del mundo puede darte: una cultura del trabajo, procedimientos, una misión clara y un sistema de valores que no son teoría: son práctica diaria. No te los explican; te los construyen. Y lo hacen sin pedirte permiso.
Estaba en la oficina de Nueva York cuando me ofrecieron un trabajo que nunca había imaginado. No un ascenso. No un traslado. Un experimento.
Un programa confidencial, creado para validar un modelo de relaciones humanas dentro de los Estados Unidos. No habían elegido a directivos, psicólogos ni formadores. Habían elegido a personas con cierto tipo de experiencia en el mundo real. Y salió mi nombre, aunque llevaba dieciocho años en ventas. No miraban el cargo: miraban la mente.
La prueba era sencilla de explicar y dificilísima de cumplir:
visitar los 50 estados americanos en un año, eligiendo yo mismo las ciudades y quedándome al menos una semana en cada una.
Las dos últimas semanas serían vacaciones obligatorias. Ellos cubrirían todos los gastos. Yo solo tenía que vivir, observar, entender y entregar un informe cada lunes. Un relato humano, seco, preciso.
Firmé el contrato. Avisé en casa. No preguntaron nada. Solo querían saber si había llegado la provisión del mes. Yo estaba a punto de enfrentarme a un año en América. Ellos, como siempre, se enfrentaban al mes siguiente.
Por si acaso, mi sueldo se ingresaba directamente en mi cuenta bancaria en Italia. Era una manera educada de decirme: «No hagas tonterías. Vive con lo que tienes. Veamos quién eres de verdad».
Solo quince años después tuve acceso a mis informes originales, a los análisis y al material que habían reunido sobre mí. De ahí nació este libro. Obtuve la autorización para publicarlo con una condición: no nombrar nunca a la empresa que lo encargó.
No importa. Esta historia no va de logotipos. Va de un hombre en un país imposible de entender si no lo vives en primera persona.
¿Empiezo por el punto más lejano?
La elección lógica era empezar por los márgenes, no por el centro. Por dos razones sencillas:
1. Venía fresco del experimento: lucidez alta, atención máxima.
2. Empezando por el extremo podía corregir el rumbo y terminar el viaje limpiamente.
No necesitaba empezar en Boston o en Chicago. Tenía que empezar en una frontera. En un lugar que fuera América solo sobre el papel.
Elegí Juneau, la capital de Alaska. Aislada. Solo se llega en barco o en avión. Una ciudad que no pertenece a nadie. El lugar perfecto para empezar.
Optimizar los recursos
Antes de partir hice lo que un americano respeta por encima de todo: me organicé como un profesional, no como un turista.
Llamé a tres de las aerolíneas más populares, las que tienen las mayores redes nacionales. En menos de una hora compré un talonario de cincuenta vuelos nacionales con un 60 % de descuento.
Sin límites de tiempo. Sin límites de días. Sin restricciones. Una sola condición: usarlos en un año.
Hice lo mismo con las cadenas hoteleras, Uber Taxis y las empresas de alquiler de coches, y luego preparé un calendario como es debido de las etapas, de los medios, pero no de los tiempos.
Estaba listo.
Fue mi primer éxito real. La primera señal de que sabía moverme. América premia a quien actúa, no a quien espera.
Cuando la empresa vio la operación, hizo lo que una cultura americana hace siempre: comprobó la fiabilidad.
¿Era capaz de gestionar un año de movimiento constante? ¿Era capaz de afrontar imprevistos, distancias y emergencias? ¿Era autónomo?
Por eso, antes de partir, resolví otro detalle crucial:
me aseguré de tener en la tarjeta de crédito un límite mensual de al menos 100.000 dólares.
No era para gastarlo. Era para demostrar que podíamos gestionarlo. Los americanos piensan así: si no tienes autonomía, no tienes libertad. Y si no tienes libertad, no se te puede evaluar.
A partir de ese momento el programa ya no fue un encargo. Fue una misión.
Y AHORA SÍ QUE VIAJAMOS
Alaska forma parte de los Estados Unidos solo por geografía. Es otro mundo.
Es el lugar donde las mujeres desaparecen sin dejar rastro. Donde una denuncia nunca llega a destino. Donde las ciudades no son más que islas civilizadas en medio de un continente salvaje.
Juneau fue mi primera prueba: una capital sin carreteras que la unan al resto del país. Un pedazo de América que no parece América.
Aquí empecé a entender algo: el viaje no sería geográfico. Sería humano.
BLOQUE 1 (Volumen I)
Alabama – Alaska – Arizona – Arkansas – California – Colorado – Connecticut – Delaware – Florida – Georgia
BLOQUE 2 (Volumen II)
Hawaii – Idaho – Illinois – Indiana – Iowa – Kansas – Kentucky – Louisiana – Maine – Maryland
BLOQUE 3 (Volumen III)
Massachusetts – Michigan – Minnesota – Mississippi – Missouri – Montana – Nebraska – Nevada – New Hampshire – New Jersey – New Mexico
BLOQUE 4 (Volumen IV)
New York – Washington
BLOQUE 5 (Volumen V)
North Carolina – North Dakota – Ohio – Oklahoma – Oregon – Pennsylvania – Rhode Island – South Carolina
BLOQUE 6 (Volumen VI)
South Dakota – Tennessee – Texas – Utah – Vermont – Virginia – West Virginia – Wisconsin – Wyoming
MISSOURI
Missouri es un estado lleno de contradicciones. Por un lado, el Medio Oeste tranquilo; por el otro, un Sur que nunca ha dejado de ser duro. Es uno de los territorios más divididos de Estados Unidos: St. Louis y Kansas City con barrios difíciles, suburbios blancos que existen en un mundo paralelo, campos pobres y lentos, y un sistema político que habla mucho pero resuelve poco.
Es el estado de la normalidad que esconde el malestar, de la sonrisa superficial que tapa problemas graves, y del «todo va bien» incluso cuando nada va bien.
Aquí las mujeres no desaparecen en una explosión. Desaparecen bajo una presión constante: familia, trabajo, tradición, pobreza, violencia de fondo, un sistema sanitario frágil.
Missouri borra a las mujeres con la costumbre. Todos esperan que ella aguante. Y ella aguanta hasta desaparecer de sí misma.
La mujer de St. Louis – 35 años
St. Louis es una ciudad que existe en dos mundos: uno rico en historia, el otro atrapado por la violencia, el abandono y la desigualdad racial.
Aquí la mujer enfrenta tres problemas a la vez: – barrios peligrosos – escuelas frágiles – salarios bajos.
Trabaja en las redes esenciales de la ciudad: – clínicas – supermercados – asistencia – restauración – educación básica.
Sostiene lo que el sistema no logra sostener. Y mientras ella lo sostiene todo, nadie la sostiene a ella.
Su ausencia es urbana: no tiene voz en la reconstrucción de la ciudad, aunque es ella quien gestiona cada crisis cotidiana.
La mujer de los suburbios «perfectos» – 40 años
Fuera de las grandes ciudades hay suburbios que parecen impecables: calles limpias, buenas escuelas, casas ordenadas.
Aquí la mujer no es pobre, pero no es libre.
Debe mantener: – una imagen familiar alta – hijos impecables – una presencia social constante – una agenda llena – un matrimonio «sin manchas» – un nivel de vida que nunca puede bajar. La presión es silenciosa y constante. No puede derrumbarse. No puede frenar. No puede mostrar fragilidad.
Su ausencia es mental: existe solo como papel, no como persona.
La mujer rural – 49 años
El campo de Missouri es lento, conservador y cerrado. Las casas están lejos unas de otras, los servicios son mínimos y las tradiciones pesan.
Aquí las mujeres viven en un mundo que cambia muy poco: – trabajos precarios – escaso acceso a la sanidad – familias numerosas – adicciones extendidas – iglesias que controlan la vida social – poca posibilidad de salir del papel asignado.
Es una vida de obligaciones sin elecciones. Si tienes un problema, lo resuelves tú. Si te derrumbas, nadie se da cuenta.
Su ausencia es geográfica y cultural: desaparece en la distancia y en la tradición.
La mujer de la industria y del trabajo manual – 37 años
Missouri tiene una enorme presencia de industrias medianas: almacenes, coordinación, cadenas de montaje, plantas de fabricación.
Aquí las mujeres hacen un trabajo físico pesado: – embalaje – líneas de producción – turnos de noche – manipulación de cargas – control de calidad – apoyo a la coordinación.
Cuerpos desgastados, ingresos bajos, horarios imposibles. Es un trabajo que el estado necesita, pero que es completamente invisible. Su ausencia es física: se rompe y no tiene a nadie que intervenga.
Epílogo – Missouri
Missouri es un estado que vive de una normalidad aparente. Y en la normalidad, las mujeres se pierden.
Ella gobierna barrios difíciles, suburbios hipersociales, fábricas duras, campos lentos.
Cada día es una batalla silenciosa. Y las batallas silenciosas son las más destructivas.
Missouri no borra a las mujeres de un solo golpe. Las borra con costumbres que nadie cuestiona nunca.
Reflexión – Missouri
Cada estado del volumen muestra un tipo de ausencia. Missouri muestra la «silenciosa»: la que nace de la rutina, de las expectativas sociales, del esfuerzo de tener que serlo todo para todos.
Aquí las mujeres son el pegamento invisible que mantiene unidas a todas las clases sociales. Están en todas partes. Y precisamente por eso nadie las ve.
Missouri enseña que borrar no requiere odio ni conflicto. Basta con que toda una sociedad dé por hecho que las mujeres siempre estarán ahí.
Y por eso este capítulo es fundamental: para recordar que la normalidad, si no se sostiene, se convierte en una trampa.
MONTANA
Montana es pura inmensidad: montañas enormes, carreteras infinitas, bosques sin fin, casas aisladas, inviernos que cortan la piel. Es uno de los estados más bellos de Estados Unidos. Y uno de los más duros para vivir.
Aquí las mujeres no desaparecen por un conflicto. Desaparecen por la geografía, el aislamiento, una mentalidad rural y la soledad emocional. Es un estado donde el silencio pesa más que el ruido.
Montana exige resistencia. Y son las mujeres quienes deben resistir por todos.
La mujer de las zonas remotas – 51 años
Aquí se puede vivir a 30 km de la tienda más cercana. A una hora de la clínica más cercana. A dos horas de un hospital de verdad.
Las mujeres que viven en estas zonas enfrentan: – frío extremo – ninguna ayuda inmediata – problemas de salud ignorados – casas viejas que mantener – responsabilidad familiar total – un miedo concreto a quedarse aisladas.
Su ausencia es geográfica: desaparece porque vive donde nada llega.
La mujer de las familias de ranchos – 39 años
Montana vive de la ganadería. Reses, caballos, animales grandes y trabajo físico.
Aquí la mujer lo hace todo: – ayuda con los animales – cocina para todos – lleva las cuentas – conduce vehículos – atiende las emergencias – cría a los hijos en medio de la nada.
Trabaja como un hombre, pero se la considera «una presencia familiar». Su ausencia es económica: produce valor, pero no aparece en ninguna parte.
La mujer de los pueblos pequeños – 44 años
En los pueblos pequeños de Montana, el tiempo se detiene. Las comunidades son pequeñas, todos se conocen y nadie cambia.
Una mujer debe: – ser madre – ser de fiar – no «dar escándalo» – ser devota – estar siempre disponible.
No puede reinventarse. No puede traspasar sus límites culturales. No puede mostrar fragilidad.
Su ausencia es social: no se pertenece a sí misma, sino a la comunidad.
La mujer que trabaja en el turismo de naturaleza – 33 años
Montana atrae turistas por sus parques, sus lagos y el cercano Yellowstone. Detrás de las postales hay mujeres que llevan hoteles, restaurantes, actividades al aire libre, mantenimiento, coordinación y limpieza.
Turnos duros, salarios de temporada, vida en zonas remotas. Ninguna estabilidad.
Su ausencia es económica: el sector vive de ella, pero ella nunca vive en paz.
Epílogo – Montana
Montana es una mezcla de naturaleza deslumbrante y soledad feroz. Aquí las mujeres desaparecen en la distancia: física, emocional y cultural. Son ellas quienes mantienen unidos hogares aislados, ranchos, familias, pueblos pequeños y turismo. Y mientras lo sostienen todo, nadie mira.
Reflexión – Montana
Cada estado del volumen muestra una forma de ausencia. Montana muestra la que produce una geografía que lo devora todo.
Aquí las mujeres no son borradas por la violencia ni por la pobreza extrema. Son borradas por kilómetros de nada, por inviernos que aíslan, por una cultura que no cambia, por un papel que no pueden rechazar.
Es un borrado lento y silencioso. Uno de los más difíciles de reconocer, precisamente porque no hace ruido.
NEBRASKA
Nebraska es tierra abierta, lineal, plana. Campos inmensos, viento constante, cielos sin fin. Desde fuera: calma. Desde dentro: aislamiento, lentitud, comunidades conservadoras, duro trabajo agrícola y muy pocas oportunidades.
Es un estado que vive a medio camino entre el Medio Oeste y el Oeste, pero sin las fortalezas de ninguno de los dos.
Aquí las mujeres no desaparecen por el caos. Desaparecen por una normalidad agobiante, por la rutina agrícola, por papeles que no cambian, por la soledad geográfica.
Nebraska no hace ruido, pero consume.
La mujer de la granja – 40 años
La mujer de Nebraska es parte integral de la granja: – levantarse al amanecer – animales que atender – comidas para todos – contabilidad familiar – cultivos que seguir – mantenimiento de la casa – hijos que criar – emergencias repentinas.
Trabaja tanto como los hombres, a menudo más. Pero figura como «desempleada».
Su ausencia es económica: produce valor, pero no existe en los datos.
La mujer de los pueblos pequeños – 46 años
Pueblos de unos pocos miles de personas, donde todos saben todo de todos.
La mujer debe ser: – una madre presente – una esposa estable – una figura respetable – activa en la iglesia – un apoyo para la comunidad.
No puede permitirse atajos, crisis ni cambios repentinos. Vive dentro de un papel fijo, decidido por otros.
Su ausencia es cultural: tiene un lugar, pero no una voz.
La mujer que trabaja en servicios menores – 32 años
En las ciudades de Nebraska — Lincoln, Omaha, Grand Island — las mujeres hacen el trabajo diario:
– cajeras – limpieza – restauración – asistencia escolar – residencias de ancianos – secretaría
Salarios bajos, turnos partidos, ninguna perspectiva. Su ausencia es social: sin ella la ciudad no funciona, pero nadie la menciona cuando se habla de «desarrollo».
La mujer de las distancias – 53 años
Nebraska es un estado donde se puede conducir dos horas sin ver un pueblo de verdad. Esta distancia se convierte en una forma de vida.
La mujer que vive fuera de las ciudades enfrenta: – largos trayectos para cada necesidad – poca atención médica – inviernos duros – casas aisladas – una rutina monótona – ninguna red social real.
Su ausencia es geográfica: desaparece en los kilómetros.
Epílogo – Nebraska
Nebraska es una tierra que parece sencilla, pero la sencillez es solo superficial.
Aquí las mujeres desaparecen en: – trabajo agrícola no pagado – comunidades cerradas – distancias extremas – falta de servicios – papeles rígidos.
Es una ausencia hecha de tierra, tradición y silencio.
Reflexión – Nebraska
Cada estado muestra una forma de ausencia. Nebraska muestra la que construye una vida diaria que nunca cambia.
No hay violencia evidente, no hay crisis espectaculares. Solo hay una vida que se repite, un esfuerzo que nadie reconoce, un papel que no se puede abandonar. Nebraska es el estado donde las mujeres lo mantienen todo unido y, precisamente por eso, no se las ve.
Y por eso merece este capítulo: porque el borrado más común es el que parece normal.
NEVADA
Nevada es un estado construido sobre las apariencias. Luces, casinos, hoteles, espectáculos, turismo, juego, una vida nocturna sin fin. Un escaparate que el mundo percibe como libertad, exceso y posibilidad.
La verdad es la contraria.
Nevada es uno de los lugares donde el cuerpo femenino se usa, se explota, se consume y se reemplaza con más facilidad. Un lugar donde las mujeres no desaparecen por falta de oportunidades, sino porque su presencia se trata como una mercancía.
La ausencia femenina aquí es moderna, lúcida e intencional. Un borrado elegante, continuo y limpio. Hecho de horarios imposibles, turnos de noche, presión estética, una identidad desgastada y papeles impuestos por la industria turística.
La señora de los casinos y los hoteles – 33 años
Las Vegas prospera solo porque miles de mujeres llevan adelante: – la recepción – la limpieza de habitaciones – los restaurantes – los bares – el entretenimiento – la atención al cliente – la coordinación – los centros de llamadas turísticos.
Turnos de noche, fines de semana cancelados, vacaciones inexistentes, presión constante. Las mujeres deben mantener una imagen perfecta, incluso cuando ya no les queda energía por dentro. Su ausencia es física y psicológica: trabaja en un sistema que la usa como «parte de la experiencia», no como persona.
La mujer que trabaja en el sector nocturno – 29 años
Nevada de noche no es glamurosa. Es dura. Entre las luces, la música y los espectáculos, se consumen vidas:
– azafatas – bailarinas – camareras de barra – promotoras – papeles ligados a la imagen y a la presencia estética
Tu cuerpo forma parte del contrato. Si no puedes sostenerlo, te reemplazan en un minuto.
Su ausencia es económica y moral: el trabajo exige su imagen, no su persona.
La mujer inmigrante que lleva la trastienda – 41 años
Detrás de los megahoteles hay cientos de mujeres inmigrantes: filipinas, mexicanas, haitianas, centroamericanas.
Son ellas las que hacen todo el trabajo que los turistas no deben ver:
– lavanderías industriales – limpieza continua – cocinas subterráneas – almacenes enormes – coordinación nocturna – preparación de las plantas
Vidas ocultas. Cuerpos cansados. Turnos inhumanos. Su ausencia es sistémica: es esencial, pero se la trata como invisible.
La mujer que vive fuera de Las Vegas – 52 años
Nevada no es solo luces. Es también el desierto que la rodea: pueblos pequeños, casas bajas, servicios escasos, industrias aisladas.
Las mujeres aquí enfrentan: – costos prohibitivos – atención médica limitada – falta de transporte – distancias enormes – comunidades duras y mal conectadas – oportunidades limitadas.
Lleva una vida opuesta a la que el mundo asocia con el estado.
Su ausencia es geográfica: no vive en la Nevada de las luces, sino en la Nevada real.
Nadie habla de ella.
Epílogo – Nevada
Nevada es un estado construido sobre el espectáculo. Todo es imagen, experiencia y entretenimiento.
Las mujeres son el motor silencioso que hace girar esta máquina: hoteles, casinos, restaurantes, entretenimiento, mantenimiento, coordinación.
Y sin embargo, son las menos valoradas. Son ellas las que sostienen los sueños de los demás mientras viven una realidad dura, agotadora e invisible.
Nevada las borra exactamente como las usa.
Reflexión – Nevada
Cada estado muestra un rostro de la ausencia. Nevada muestra el más moderno: mujeres reducidas a funciones económicas.
No es la pobreza lo que la borra. Es el sistema.
Es una ausencia construida: silenciosa, elegante, disfrazada de oportunidad. Las mujeres tienen mil posibilidades, pero hay mil maneras de consumirlas.
Y por eso este capítulo es crucial: porque entre tantas luces, se ve menos a quien las enciende cada día.
NEW HAMPSHIRE
New Hampshire tiene libertad, bosques, lagos, colinas, pueblos perfectos, carreteras tranquilas y casi cero impuestos. Desde fuera parece un paraíso minimalista: sin caos, sin ruido, sin grandes ciudades. Solo orden y naturaleza.
El problema es que la libertad total a menudo significa soledad total.
Y cuando el estado invierte poco en servicios públicos, la carga cae de lleno sobre las personas; sobre todo, sobre las mujeres.
Aquí la ausencia de las mujeres no es una tragedia. Es aislamiento, costumbres culturales rígidas, presión familiar y falta de verdaderas redes sociales.
New Hampshire no ataca. Te deja sola.
La mujer de la pequeña comunidad – 47 años
En los pueblos de New Hampshire todo parece tranquilo. Todo está cerrado.
La mujer debe ser: – una madre fiable – una figura social respetada – voluntaria en las escuelas – presente en la comunidad – una «buena persona» según los códigos locales.
No puede equivocarse. No puede salirse demasiado de la norma. No puede permitirse crisis emocionales.
Su ausencia es cultural: tiene un papel, pero no libertad.
La mujer que vive en el frío y la distancia – 52 años
New Hampshire no es grande, pero está lleno de zonas aisladas, casas lejanas entre sí y carreteras que en invierno se vuelven obstáculos.
La mujer aquí vive con: – meses de nieve – distancias que lo complican todo – problemas de salud atendidos tarde – aislamiento mental – una rutina doméstica que no deja espacio – poca atención médica local.
Si se cae, espera. Si está enferma, conduce kilómetros. Si se derrumba emocionalmente, nadie se da cuenta.
Su ausencia es geográfica: desaparece en el silencio y el frío.
Los trabajos esenciales – 38 años
En las ciudades medianas —Concord, Manchester, Nashua— las mujeres llevan adelante los servicios básicos:
– escuelas – clínicas – cuidado de ancianos – oficinas públicas – enseñanza primaria – servicios administrativos
Sueldos bajos, responsabilidades mucho mayores que el sueldo, cargas emocionales constantes.
Su ausencia es operativa: sostiene lo que queda del Estado de bienestar, pero el estado invierte poco en sus sectores.
Es esencial, pero agotador.
La mujer con trabajos mal pagados en las zonas turísticas – 33 años
El norte del estado vive del turismo: el follaje de otoño, los lagos, las montañas, el invierno.
Detrás de las imágenes perfectas hay mujeres que: – limpian las instalaciones – preparan desayunos – trabajan en restaurantes – llevan B&B – ordenan habitaciones – hacen el mantenimiento mínimo.
Temporadas llenas y temporadas vacías. Una economía inestable. Cero protección real.
Su ausencia es económica: todo funciona gracias a ella, pero el sistema la considera reemplazable.
Epílogo – New Hampshire
New Hampshire es ordenado y tranquilo. Y precisamente por eso la mujer desaparece sin hacer ruido.
Desaparece entre: – papeles tradicionales – comunidades cerradas – distancia física – un invierno interminable – servicios insuficientes – trabajos esenciales mal pagados.
No hay escándalo. No hay caos. Solo una soledad que se vuelve norma.
Reflexión – New Hampshire
Cada estado demuestra una forma distinta de ausencia. New Hampshire demuestra la «perfecta»: una cancelación educada, limpia y ordenada.
Aquí la mujer gobierna las comunidades, pero no tiene comunidades que la sostengan.
Es la paradoja de Nueva Inglaterra: cuanto más civilizado eres, más esperas que la mujer se las arregle sola con todo.
Y por eso este capítulo es necesario: para recordarnos que incluso los estados aparentemente «buenos» pueden ser terribles para vivir.
NEW JERSEY
New Jersey es un territorio de frontera: conectado, frenético, caro, saturado de viajeros diarios, lleno de familias mixtas, inmigrantes, barrios duros, suburbios caros y ciudades olvidadas. No es la Nueva York «al otro lado del puente». Es un estado complejo, fragmentado, donde las mujeres gobiernan un sistema que consume más de lo que devuelve.
La ausencia de las mujeres aquí nace de cinco elementos muy duros: – un costo de vida extremadamente prohibitivo – el trabajo doméstico invisible – los desplazamientos agotadores – comunidades multiétnicas con tensiones reales – papeles familiares tradicionales que resisten.
New Jersey no borra a las mujeres con la violencia. Las borra con el esfuerzo de existir entre mil funciones.
La mujer que viaja a diario – 36 años
New Jersey es un estado de viajeros diarios. Cada día se pierden horas para llegar a Nueva York o a Filadelfia: trenes con retraso, tráfico imposible, costos de transporte altos y regresos tardísimos.
La mujer que vive esta vida vive «a medias»: – mitad en el trabajo – mitad en el transporte público – mitad en casa (donde, irónicamente, carga con más de la mitad del peso familiar)
Su ausencia es temporal: no tiene tiempo para sí misma. No tiene tiempo para nada.
Existe en los recortes.
La mujer inmigrante de los servicios – 42 años
(Latina, haitiana, africana, filipina)
New Jersey prospera gracias a la fuerza inmigrante. La mujer aquí sostiene el escenario de todo el estado: – limpieza en las casas de los ricos – cuidado de niños sin contrato – cocinas de restaurantes – residencias de ancianos – mantenimiento – servicios básicos mal pagados
Enfrenta tres problemas al mismo tiempo: – sueldos bajos – alquileres altísimos – enormes responsabilidades familiares.
Su ausencia es económica y lingüística: trabaja, habla, se adapta, pero sigue al margen del sistema.
Es indispensable y, sin embargo, siempre reemplazable.
La mujer de los barrios duros – 34 años
New Jersey no es solo arrogancia acomodada. Tiene algunas de las ciudades más problemáticas del Este:
– violencia urbana – escuelas sin fondos – desempleo – sanidad frágil – falta de verdaderos servicios comunitarios
La mujer que vive aquí enfrenta: – inseguridad constante – trabajos precarios – transporte ineficiente – un costo de vida desproporcionado respecto a los sueldos.
Es el pilar de las familias monoparentales, la columna vertebral de las redes sociales, la figura que lo salva todo cuando nadie la salva a ella.
Su ausencia es urbana y estructural: nadie la escucha cuando el sistema falla.
La mujer del orgullo rico – 45 años
La otra cara de New Jersey son sus suburbios acomodados: casas enormes, escuelas excelentes, barrios ordenados.
Las mujeres aquí viven bajo presión constante: – una agenda familiar llena – las actividades de los hijos – voluntariado obligado – una imagen social impecable – el matrimonio establecido como símbolo de estatus – expectativas altísimas.
No puede mostrarse frágil. No puede fallar. No puede interrumpir la función.
Su ausencia es una cuestión de identidad: se la ve como una función familiar, no como un individuo.
Epílogo – New Jersey
New Jersey es un estado que vive demasiado rápido y demasiado caro. Las mujeres son las que de verdad lo llevan adelante, pero el sistema las borra mientras las usa.
– desplazamientos – trabajos invisibles – servicios insuficientes – barrios peligrosos – suburbios hipercompetitivos – papeles familiares rígidos – multiculturalidad sin apoyo real
El estado funciona gracias a ellas, pero nunca mira sus esfuerzos.
Reflexión – New Jersey
Cada estado muestra alguna forma de ausencia. New Jersey demuestra la que nace de un sistema que espera demasiado y devuelve demasiado poco.
Es el estado de la intermediación: demasiado cerca de los centros de poder, demasiado lejos de sus oportunidades. Aquí las mujeres viven en un estado constante de compresión: de tiempo, de dinero, de energía, de identidad.
No es culpa de un solo factor. Es la suma de todos.
Y esto es precisamente lo que hace de New Jersey un estado central en el volumen: muestra cómo la ausencia femenina puede nacer de una vida llena; llena de todo, menos de espacio para una misma.
NEW MEXICO
New Mexico es uno de los estados más fascinantes y difíciles de Estados Unidos. Belleza pura: desiertos inmensos, cañones rojos, comunidades nativas, cultura antigua, espiritualidad, silencio. Pero detrás de esta estética poderosa hay una realidad mucho más dura:
– pobreza histórica – adicciones crónicas – servicios públicos débiles – aislamiento geográfico – escuelas frágiles – violencia doméstica oculta – narcotráfico fronterizo
Es un estado donde las mujeres no desaparecen por casualidad: desaparecen porque viven en un territorio donde todo pesa: la distancia, la historia, la cultura, la pobreza, las comunidades cerradas, los trabajos precarios.
New Mexico es belleza abandonada. Y dentro de ese abandono están las mujeres que lo sostienen todo.
La mujer nativa de los pueblos – 43 años
New Mexico tiene una de las mayores poblaciones nativas de las Américas: mujeres pueblo, navajo y apache.
Vive entre dos mundos: – tradiciones antiguas – un estado moderno que la ignora.
Enfrenta: – escuelas sin fondos – atención médica mínima – viviendas superpobladas – sueldos bajos – acceso limitado a los servicios básicos – aislamiento cultural y geográfico.
Sostiene familias numerosas, comunidades enteras y responsabilidades pesadas.
Su ausencia es histórica: en los últimos cien años, el Estado se lo ha quitado todo a su pueblo y no le ha devuelto casi nada.
La mujer latina de las zonas pobres – 35 años
New Mexico es más latino que estadounidense. El español está en todas partes, familias mixtas y trabajo duro.
Las mujeres latinas están por todas partes en la trastienda del estado: – limpieza – comida – asistencia – agricultura ligera – tiendas locales – apoyo comunitario.
Viven con sueldos bajísimos y costos en aumento. Muchas familias viven al límite. Sin papeles, la situación es aún más frágil: miedo, invisibilidad, ninguna ayuda real.
Su ausencia es económica y política: trabaja duro, pero nunca está representada.
La mujer que vive lejos de todo – 52 años
New Mexico es enorme, pero vacío. Pueblos diminutos, casas en el desierto, ciudades a horas de distancia.
La mujer aquí enfrenta: – soledad total – atención médica lejana – cero transporte – inviernos duros, veranos implacables – una rutina inmutable – poco trabajo – adicciones extendidas a su alrededor.
Si se cae, nadie viene. Si necesita un médico, conduce horas. Si tiene problemas, los resuelve sola.
Su ausencia es geográfica: desaparece en el espacio.
La mujer que trabaja en el sector turístico-espiritual – 30 años
New Mexico atrae un turismo «espiritual»: arte, meditación, desiertos, retiros, cultura nativa.
Detrás de la imagen poética hay mujeres que sostienen la economía: – B&B – guías culturales – galerías – pequeños restaurantes – tiendas artesanales – servicios de temporada.
Es un sector volátil: ganancias excelentes en temporada alta, casi nada el resto de los meses.
Su ausencia es económica: la belleza de la zona atrae dinero, pero no lo retiene para quien vive allí.
Epílogo – New Mexico
New Mexico es un estado que existe entre dos extremos: belleza absoluta y pobreza crónica. Espiritualidad profunda y abandono político. Tradición fuerte y servicios débiles.
Las mujeres aquí lo cargan todo sobre sus hombros: comunidades nativas, familias latinas, desiertos aislados, ciudades de arte, trabajos mínimos.
Y mientras ellas sostienen el estado, nadie las sostiene a ellas.
Es una ausencia que no hace ruido porque el paisaje es demasiado hermoso. Y la belleza lo cubre todo.
Reflexión – New Mexico
Cada estado muestra una forma distinta de ausencia. New Mexico muestra la que crean la distancia y una historia sin resolver.
Aquí a la mujer no la borra una sola fuerza. La borra todo junto:
– la geografía – la cultura – la tradición – la pobreza – el aislamiento – los papeles familiares – la falta de servicios – la invisibilidad política
Es un borrado antiguo. Casi hereditario.
Y por eso este capítulo es crucial: porque New Mexico no es un lugar olvidado por el tiempo. Es un lugar olvidado por el Estado. Y las mujeres lo pagan cada día.
NEW YORK STATE
Nueva York no es una ciudad. Es un impacto en el cuerpo. Es una ola que te agarra y te arrastra aunque no quieras. Es una presencia que no pide permiso. Entras aquí y enseguida entiendes que no decides tú lo que decide ella.
Es el único lugar del mundo donde puedes estar rodeada de millones de personas y aun así sentirte más sola que en un desierto. Es una ciudad que te mira, te mide, te evalúa, te consume y, si no puedes seguir el ritmo, te deja atrás sin mirar.
Nueva York no te acoge. Te evalúa.
Es la capital del mundo, pero también la capital de lo invisible. La ciudad que solo muestra a los vencedores y olvida a las miles de mujeres que hacen funcionar cada centímetro de ella. Las que sostienen la vida de los demás mientras nadie las sostiene a ellas.
Nueva York es todo a la vez: riqueza exhibida con violencia y pobreza que ya no tiene voz, barrios que cambian de cara en cinco años y barrios que no han cambiado en cincuenta, idiomas que se mezclan, culturas que se superponen, cuerpos que se cruzan, vidas que nunca hablan de verdad entre sí.
Es una ciudad construida sobre el movimiento constante: subir y bajar de trenes abarrotados, caminar por calles sucias y luminosas, buscar un trabajo que te mantenga a flote, correr a entregar pedidos, ir a la clínica, a la escuela, a casa, a los turnos, en mil direcciones distintas. Es un territorio que te promete mucho, pero solo te da lo que le arrancas.
Nueva York funciona gracias a las mujeres que mantienen unidas las piezas que los demás ignoran: las que trabajan en los pisos altos de los rascacielos, las que limpian los suelos de los pisos de abajo, las que crían a los hijos de familias que no tienen tiempo, las que sobreviven en barrios que nadie quiere mirar, las que enfrentan una ciudad que te lo pide todo y siempre te deja a medias.
Aquí la mujer vive tres niveles de presión al mismo tiempo:
1. La presión del ritmo:
si bajas el ritmo, desapareces. Nueva York no espera a nadie y no hace excepciones contigo.
2. La presión del costo:
aquí todo cuesta demasiado: la casa, el tiempo, la energía, la identidad. Y cada día se convierte en un desafío económico.
3. La presión de la presencia:
siempre tienes que estar, tienes que resistir, tienes que funcionar, tienes que aguantar.
Pero ¿quién te sostiene a ti?
Nueva York es hermosa y cruel: te da oportunidades reales, pero te pide un precio altísimo.
La mujer aquí no es una presencia débil. Es una máquina de supervivencia diaria. Es ella quien hace avanzar las escuelas, los hospitales, los restaurantes, la limpieza, los servicios públicos, el transporte, las familias, los rascacielos, las empresas y los barrios.
Y sin embargo, en el relato de la ciudad, su voz no es central. Es fondo. Es funcional. Es necesaria, pero no celebrada. Presente, pero no escuchada.
Nueva York es la ciudad que lo pone todo en el escaparate, excepto a quienes de verdad la hacen funcionar.
Y precisamente por eso ocupa un lugar distinto en este volumen. No es un estado como los demás. Es el punto donde convergen todas las ausencias femeninas de Estados Unidos: la económica, la cultural, la urbana, la lingüística, la racial, la profesional y la emocional.
Es el microcosmos de todo lo que funciona y de todo lo que no.
Aquí las mujeres están en todas partes. Y sin embargo pueden desaparecer en un segundo. Basta con que su ritmo frene el de la ciudad.
Nueva York es grande, pero no lo bastante para contener el peso de la vida de una mujer. Y este capítulo lo demuestra: la ciudad más famosa del mundo no es la más justa. Es solo la más visible. Y en el ruido inmenso de su vida diaria, la mujer se pierde en silencio.
Manhattan
Olivia, 39 – Midtown, oficinas en las alturas y una vida a toda prisa
Olivia toma el metro a las 7:10. Línea 6, de pie, el teléfono en la mano, los ojos ya fijos en el flujo de correos.
Trabaja en el piso veintisiete de un edificio de cristal en Midtown. Es gerente de proyectos en una empresa que vende servicios que nadie sabe explicar de verdad. Todos hablan de números, previsiones, objetivos trimestrales. Nadie habla de personas.
Olivia tiene una hija de seis años a la que ve despierta dos horas al día. Por la mañana, para vestirla; por la noche, para acostarla. El resto se delega: niñera, escuela, actividades extraescolares, mensajes rápidos.
Su jefe le pide «flexibilidad», pero la flexibilidad siempre va en un solo sentido: – reuniones que se alargan – llamadas fuera de horario – emergencias inventadas – proyectos que hay que terminar «para esta noche».
Manhattan se vende como la ciudad de las oportunidades. Para Olivia, es una ciudad que le roba el tiempo y se lo revende en forma de entregas a domicilio, lavandería y servicios pagados.
Por la noche, cuando sale de la oficina, las luces de los edificios parecen una burla. Todo brilla, menos su vida.
La ausencia de Olivia no es barata. Le cuesta tiempo. Está presente en todas partes, menos donde más importa.
Yo, Nando, cuando la veo cruzar la Tercera Avenida con el paso rápido de quien no puede permitirse ir más despacio, veo una cosa sencilla: una mujer que sostiene una ciudad que nunca la sostendrá a ella.
— Nando
Brooklyn
Aisha, 31 – Bedford-Stuyvesant, gentrificación al revés
Aisha nació en Bed-Stuy, un barrio históricamente negro. Rap, historia, familias, iglesias y barbacoas de verano en la acera.
Luego llegaron los «artistas», los inversores, las cafeterías nuevas, los perros de raza con correa y los precios subiendo sin ninguna lógica. El guion de siempre.
Aisha trabaja en una escuela pública del barrio. Sus alumnos vienen de familias que cada año enfrentan un desalojo. Muchos de sus compañeros de infancia ya no viven allí: los expulsaron los proyectos de «recalificación».
Enseña, escucha, gestiona conflictos, protege. De día es maestra, psicóloga, hermana mayor y muro de contención. De noche corrige deberes sentada a la mesa de una cocina alquilada, con la angustia de que un día ya no podrá pagar esa casa.
La ciudad celebra Brooklyn como algo «cool». Aisha no tiene tiempo para ser «cool»: tiene que sobrevivir.
Su ausencia es urbana y política: el barrio sobre el que todos especulan es el único al que nadie escucha de verdad.
— Nando Queens
María Fernanda, 42 – Jackson Heights, tres mundos en uno
cuerpo
María Fernanda es de Ecuador. Vive en Jackson Heights, Queens: el lugar donde en una sola manzana se hablan diez idiomas distintos, y ninguno es el idioma del poder.
Trabaja de noche limpiando oficinas en Manhattan y de día cuidando niños, cuando hace falta. El sueño es un lujo por horas.
Tiene dos hijos: uno nacido en Quito, otro nacido en Nueva York. El mayor le pregunta por qué nunca está en casa. El menor da por hecho que su madre siempre tiene prisa.
María envía dinero a su madre, que se quedó en Ecuador. Sostiene dos continentes. Con un solo cuerpo.
Su vida es un trayecto constante: Queens → Manhattan → Queens. Trenes lentos, bolsas pesadas, piernas cansadas.
Nadie la ve de verdad. Para los padres de la niña estadounidense que cuida, es «Mary». Para sus compañeras de limpieza, es «la señora que nunca para».
Su ausencia es lingüística y social: hace funcionar la Nueva York que trabaja, pero no pertenece a ningún relato oficial.
Yo, Nando, me la encuentro un domingo por la mañana en Roosevelt Avenue y lo único que pienso es: este país sigue en pie solo porque mujeres como ella no lo dejan caer. — Nando
Bronx
Keisha, 29 – South Bronx, resistencia diaria
Keisha vive en el South Bronx. Edificios gastados, sirenas frecuentes, tiendas baratas, niños jugando en aceras rotas.
Cría sola a dos hijos. El padre desapareció hace años entre promesas y disculpas.
Trabaja en un supermercado, turno de tarde: – caja rápida – clientes nerviosos – encargados que controlan cada minuto – un sueldo que nunca alcanza.
De día corre de un lado a otro: – lleva a los hijos a la escuela – habla con los maestros – discute con la oficina que gestiona las ayudas – hace la compra contando cada dólar.
No tiene tiempo para pensar en sí misma. Solo sabe que tiene que mantener en pie a esos dos niños.
El Bronx se sigue retratando como un problema. Keisha es la solución que nadie reconoce: la madre que sostiene un barrio que los políticos solo usan como decorado.
Su ausencia es estructural: está en el centro de todo lo que pasa, pero para el sistema no existe.
— Nando
Staten Island
Gina, 45 – viajera invisible entre dos ciudades
Gina vive en Staten Island. Trabaja en una oficina de seguros en Manhattan. Cada día, la misma rutina:
– autobús – ferry – metro – oficina – y luego todo de vuelta al principio.
Para los de Manhattan, Staten Island apenas existe. Una punta del mapa, lo último de la lista. Para Gina, en cambio, es su casa. Pero también es una jaula.
Le gustaría cambiar de trabajo, pero toda oportunidad seria queda lejos. Le gustaría tener más tiempo para sus hijos, pero se lo regala al transporte. Le gustaría no estar cansada cada noche, pero la ciudad no trata bien a quien vive en sus márgenes.
Su ausencia es temporal y espacial a la vez: vive en un lugar que la aísla, trabaja en un lugar que la usa.
Yo, Nando, la imagino de pie en el ferry, con un vaso de café en la mano y los ojos perdidos en el skyline. Nueva York delante de ella. Su vida, en medio.
— Nando
Wall Street
Rachel, 37 – la mujer que no puede derrumbarse.
Rachel trabaja en el sector financiero. No tiene el lujo de ser mediocre. No en ese ambiente. No siendo mujer.
Aprendió a hablar más rápido, a no equivocarse nunca de tono, a no mostrar nunca una duda. A nadie le perdonan un derrumbe, pero el de una mujer la marca de por vida.
Los días son máquinas: números, gráficos, llamadas, reuniones, correos en cadena, cenas de negocios, decisiones tomadas demasiado deprisa con consecuencias demasiado grandes.
Cuando vuelve a casa, está vacía. No triste: vacía. No le queda energía para construir nada fuera del trabajo. Relaciones a medias, amistades rotas, una familia lejana.
Nueva York aplaude el éxito de las mujeres en Wall Street en conferencias, eventos de empoderamiento y mesas redondas. Luego, en cuanto se apaga el micrófono, todo vuelve a ser como antes.
Su ausencia es emocional: está presente en cada sala donde se toman decisiones, pero para sentarse allí tuvo que renunciar a una parte de sí misma.
Esta historia no tiene moraleja. Solo tiene una cuenta abierta.
— Nando
Niñera latina
Dolores, 54 – Upper East Side, cría a los hijos de otros.
Dolores viene de México. Vive en Nueva York desde hace veinte años. Desde hace veinte años entra en casas que nunca serán suyas.
Trabaja en el Upper East Side, entre apartamentos enormes, porteros, ascensores silenciosos y cocinas más grandes que todo su apartamento de un dormitorio en Queens. Crió a cuatro niños en una familia que la considera «casi de la familia». «Casi». Una palabra que lo dice todo.
Los vio dar sus primeros pasos, escuchó sus llantos, secó sus lágrimas, preparó meriendas, los acompañó a la escuela, llenó sus tardes, oyó sus confesiones.
Cuando esos niños crecen, se van. Dolores se queda.
Esa noche vuelve tarde a casa. Su hijo biológico, ya adulto, todavía le guarda cierto respeto mezclado con rencor: de niño la vio poco. Ella estaba ocupada siendo madre de otros.
Su ausencia es doble: una madre presente en la vida de los demás, una madre ausente de su propia familia.
Y Estados Unidos lo resume todo en una frase: «Es el trabajo».
— Nando
Mujer sin hogar
Monique, 51 – Midtown, invisible entre millones
Monique duerme donde puede. A veces en un albergue, a veces sobre un cartón frente a un escaparate cerrado, a veces en una silla de alguna estación de metro.
Hubo un tiempo en que tenía una casa, una pareja, un trabajo. Luego la espiral de siempre: enfermedad, deudas, pérdida del trabajo, derrumbe mental, nadie a quien agarrarse. Es negra, tiene más de cincuenta años y un cuerpo que arrastra cada invierno que pasa en la calle.
Por la mañana, mientras la ciudad corre al trabajo, ella está allí. Misma calle, misma esquina, misma mirada que nadie quiere cruzar.
Su ausencia es total: para el sistema ya no es nada. Ni trabajadora, ni consumidora, ni «útil». Por lo tanto, no existe.
Yo, Nando, cada vez que veo a una mujer en la calle en Nueva York, me hago la misma pregunta sin rodeos: ¿cuántos pasos tuvo que saltarse el Estado para que ella acabara aquí?
La respuesta es siempre la misma: demasiados. Nando
Gran hospital
Sofia, 34 años – enfermera entre dos turnos y sin
respiro
Sofia entra en el hospital cuando muchos todavía duermen. El turno es de 7 de la mañana a 7 de la tarde. Si todo va bien. Porque en algunos servicios, «si todo va bien» no existe.
Trabaja en un gran hospital de Manhattan. Pasillos interminables, luces de neón, alarmas, monitores, voces rotas, cuerpos conectados a máquinas, familiares que preguntan, médicos que pasan corriendo.
Sofia no puede permitirse derrumbarse. Cada gesto tiene consecuencias. Cada distracción pesa.
Al final del turno todavía carga con: – historias que no terminan – miradas que no olvida – noticias que tuvo que susurrar – responsabilidades que nadie puede quitarle. Fuera del hospital, Nueva York corre como si no pasara nada. Dentro, ella sostiene la parte más frágil de la ciudad.
Su ausencia es emocional e institucional a la vez: está en el corazón del sistema sanitario, pero su voz no cuenta tanto como su resistencia.
Yo, Nando, mirando a estas mujeres de uniforme salir agotadas de un turno, entiendo una cosa sencilla: si un día todas decidieran parar juntas, la ciudad se derrumbaría en 48 horas.
— Nando
Restaurantes
Giulia, 27 – Lower East Side, platos, mesas y dignidad
comprimida
Giulia es italoamericana, pero de la Nueva York que los italianos de verdad ya no conocen. No la Little Italy de postal, sino turnos interminables en un restaurante del Lower East Side.
Es camarera, pero hace mucho más: – psicóloga improvisada – pararrayos de clientes nerviosos – amortiguador entre la cocina y la sala – presencia estética para lucir – cuerpo siempre erguido, sonrisa siempre puesta
Las propinas deciden si la semana da para vivir o solo para respirar. El sueldo base es ridículo, como siempre en el sector.
Al final de la noche le hacen la pregunta más estúpida de todas: «¿Y a qué te dedicas de verdad?».
Como si eso no fuera trabajo «de verdad». Su ausencia es social: todos la necesitan cuando tienen hambre, nadie la tiene en cuenta cuando se habla de derechos.
Yo, Nando, respeto más a una mujer capaz de sostener un turno de ocho horas en la sala que a quien se sienta a la mesa y se cree que vale más solo porque paga.
— Nando
Industria creativa
Leah, 36 – Brooklyn, una creativa que nunca puede apagar el
cerebro.
Leah trabaja como guionista y productora en una productora entre Brooklyn y Manhattan. Series, campañas, contenidos. Siempre algo que inventar, siempre alguien a quien convencer, siempre un plazo ridículo.
En la fiesta de lanzamiento de un proyecto nuevo, todos hablan de «visión», de «storytelling» y de «nuevas narrativas». Nadie habla de las noches sin dormir, de las revisiones infinitas, de las ideas robadas ni del agotamiento disfrazado de «pasión por el trabajo».
Leah vive en un piso compartido en Bushwick. Quizá «haya hecho carrera», pero el costo de la ciudad se come cualquier avance.
Su ausencia es profesional: Nueva York vende la creatividad como libertad, pero su creatividad está atada a presupuestos, llamadas, peticiones absurdas, presión constante.
Ella produce imaginación. Otros la monetizan.
— Nando
Freelance a pedazos
Priya, 33 – tres trabajos, cero seguridad
Priya nació en Queens, de padres indios. Tiene estudios y la cabeza llena de ideas, pero el mercado laboral de Nueva York le ha entregado un paquete claro: freelance de por vida.
Hace diseño gráfico para agencias que la llaman «colaboradora externa», escribe contenidos para marcas que nunca la mencionan y, de vez en cuando, da cursos cortos para llegar al alquiler.
No tiene vacaciones, ni bajas por enfermedad, ni pagas extra, nada garantizado. Solo tiene responsabilidades.
De día entrega trabajos. De noche revisa el correo, rezando para que no le llegue otro «necesitamos un milagro para mañana».
A la ciudad le gusta decir: «Aquí, si tienes talento, lo consigues». Pero la verdad es otra: aquí, si tienes talento, te exprimen hasta que no queda nada de ti.
Su ausencia es contractual: maneja partes de comunicación, campañas y proyectos, pero sobre el papel siempre es «externa».
Yo, Nando, veo con claridad la trampa en la cara de una persona como ella: trabajo lleno, vida vacía.
— Nando
Vivienda pública
Tanya, 44 – East Harlem, madre, cuidadora, blanco
Tanya vive en un complejo de vivienda pública en East Harlem. Los edificios son viejos, mal mantenidos, los ascensores se averían a menudo y las escaleras están gastadas.
Es madre de tres hijos. Trabaja como asistente en una escuela del barrio. Paga un alquiler bajo, pero el precio real es otro: vivir en un lugar que el Estado ya no considera suyo.
Cada día se reparte entre: – el trabajo – las reuniones en la escuela – los vecinos a los que ayudar – la burocracia de las ayudas – la angustia por unos hijos que crecen en un entorno complicado – ruidos de peleas, policía, sirenas.
Su ausencia es política: su barrio solo existe cuando hace falta una foto para hablar de «problemas sociales».
Mientras tanto, quien lo mantiene vivo es ella, y las mujeres como ella, que hacen de muro contra todo.
Nueva York habla de desarrollo, regeneración e inversión. Pero cuando subes las escaleras de ciertos edificios, te das cuenta de que muchos llevan años abandonados.
— Nando
Violencia doméstica
Rosa, 38, Queens, atrapada entre el miedo y los papeles.
Rosa es de la República Dominicana. Vive en un piso compartido en un tramo interminable de Queens.
Tiene un marido que trabaja a ratos y que alterna: días en que pide perdón, días en que grita, días en que empuja, días en que golpea. Rosa no se va por tres razones: – tiene miedo – no tiene dinero – tiene miedo de perder su permiso para quedarse en el país.
De noche, cuando él duerme, finge que no pasa nada. Por la mañana se maquilla para tapar los moratones y se va a trabajar a una lavandería.
El sistema le dice: «Llama, pide ayuda, sal de ahí». Pero la realidad es más sucia: albergues llenos, listas de espera, trabajadores sociales desbordados, poca protección real.
Su ausencia es legal: está atrapada en un vacío de leyes, papeles, miedo y falta de alternativas.
Yo, Nando, miro desde fuera y sé que la frase «si quiere, puede irse» es una de las más falsas y cobardes que este mundo haya inventado jamás.
— Nando
Barrios ultraortodoxos
Chaya, 29 – Borough Park, una vida decidida antes de nacer.
Chaya vive en Borough Park, Brooklyn. Un barrio judío ultraortodoxo. Reglas estrictas, una comunidad cerrada, papeles asignados.
Su vida se decidió antes de que ella pudiera siquiera tener una opinión: – matrimonio jovencísima – muchos hijos – ninguna autonomía real – el estudio religioso en el centro – el mundo exterior visto como una amenaza.
Su día está lleno: casa, hijos, compras, cocina, rituales, peticiones constantes. Nunca un momento de verdadero silencio, nunca un espacio solo para ella. Chaya tiene pensamientos que no puede expresar. Preguntas que no puede hacer. Sospechas de lo que podría haber ahí fuera, pero ningún mapa para llegar.
Su ausencia es cultural y espiritual: está presente en cada gesto de su mundo, pero no puede existir como individuo separado de la estructura.
Nueva York aplaude la diversidad, pero acepta de buen grado que algunas mujeres vivan en jaulas culturales «invisibles» mientras no molesten a los demás.
— Nando
Salón de uñas
Li Mei, 41 – Flushing, manos perfectas, vida consumida
Li Mei trabaja en un salón de uñas en Flushing, Queens. Clienta tras clienta, uña tras uña, con olor a quitaesmalte, con mascarilla, con la espalda encorvada.
Llegó de China hace más de diez años. Encontró trabajo enseguida: en efectivo, turnos largos, pocas preguntas.
Trabaja seis días a la semana, diez horas al día. A veces más.
Para las clientas, es un accesorio del local: «la señora que hace bien las uñas y en silencio».
Nadie se pregunta: – cuánto dinero le queda en el bolsillo – cuántas veces respira productos químicos – si tiene seguro médico – si puede dormir por la noche sin dolor. Su ausencia es química y social: se desgasta lentamente bajo las luces de neón, embelleciendo las manos de los demás, mientras nadie se fija en cómo están las suyas.
Yo, Nando, la imagino cerrando el local por la noche y contando el dinero. No la ganancia: el margen. La diferencia entre mantenerse a flote o hundirse un poco más.
— Nando
Mujer de la noche
Jasmine, 28 – Times Square, luces brillantes, vida frágil
Jasmine trabaja en locales que viven después de medianoche. No baila por arte. Baila para sobrevivir.
Turnos largos, pasillos oscuros, encargados que sonríen demasiado, clientes que confunden el servicio con un derecho.
Aprendió diez reglas que no están escritas en ninguna parte: – sonríe – no te fíes – no te quedes sola – no bebas lo que te ofrecen – no muestres miedo – mantén los ojos abiertos – no hagas amistades – no creas ninguna promesa – no te pares – no vuelvas sola a casa tarde.
Cada noche es un número de equilibrio sobre un hilo invisible. Nadie la protege: ni los locales, ni la policía, ni la ciudad.
Su ausencia es moral: todos saben que existe, pero nadie quiere reconocerla como trabajadora.
Yo, Nando, cuando veo a las chicas salir de los locales al amanecer, sé que la fuerza no es glamurosa. Es supervivencia. — Nando Repartidora Karla, 30 – Queens → Manhattan, lluvia, nieve, calor, siempre en la calle Karla trabaja con su bicicleta. Mochila térmica a la espalda, teléfono en el manillar, una aplicación que lo decide todo: – ruta – paga – tiempo – penalización – próximo pedido Es la parte «inteligente» del sistema. La parte que nadie quiere mirar. Se cuela entre coches, taxis, baches y semáforos implacables. Pedalea bajo la lluvia, entre la nieve, con el viento helándole la cara. Todo por unos pocos dólares que llegan gota a gota. Esa noche vuelve a casa agotada. Sin protección, sin seguridad, sin seguro. Su ausencia es digital: solo existe dentro de las aplicaciones. No fuera. — Nando Madre soltera del Queens profundo Erika, 33 – Far Rockaway, entre el océano, la distancia y la pobreza Far Rockaway es Nueva York, pero no del todo. Es remota, desconectada y olvidada. Una zona que la ciudad solo usa para las estadísticas. Erika vive allí con dos hijos. Trabaja en un supermercado. Cada día hace lo que puede:
– cría a los hijos – los viste – prepara el desayuno – los lleva a la escuela – corre al trabajo – atiende clientes, pesos, cajas – vuelve a casa en autobuses larguísimos – cocina – limpia – lo pone todo en orden
Es una madre que tiene tres vidas: la suya, la de sus hijos y la del barrio.
Su ausencia es geográfica: vive demasiado lejos para que la vean.
Yo, Nando, miro mapas y distancias y sé una cosa: quien vive en Far Rockaway vive cada día con una desventaja invisible.
— Nando
Mujer de la comunidad negra de Brooklyn
Latoya, 40 – Brownsville, rutina de supervivencia
Brownsville es uno de los barrios más castigados de Nueva York. Pobreza antigua, servicios pobres, escuelas abandonadas.
Latoya tiene dos trabajos: por la mañana en una escuela, por la tarde en una residencia de ancianos.
Su día no termina nunca. No tiene horario. No tiene márgenes. No tiene respiro.
Cada mes tiene que decidir qué pagar primero: ¿el alquiler? ¿las facturas? ¿la comida? ¿el transporte? ¿las medicinas?
Su ausencia es racial: en una ciudad a la que le gusta llamarse «progresista», las mujeres negras de los barrios pobres son las últimas en desaparecer de la vista y solo vuelven a ser visibles cuando hay una tragedia que publicar en internet. — Nando Mujer de la tecnología Hannah, 29 – Manhattan, startup, ansiedad, presión, apariencia Hannah trabaja en una startup tecnológica que habla de «diversidad», «inclusión», «el futuro» y «nuevo liderazgo». Luego, en la práctica: – hombres arriba – hombres que deciden – hombres que dirigen los proyectos – hombres que reciben los fondos. Hannah hace todo el trabajo invisible: organizar, corregir, presentar, tratar con los clientes y resolver las emergencias. Es buena. Tan buena que todos se aprovechan de ella. Lleva un año en terapia por ansiedad y agotamiento. Su ausencia es cultural: la tecnología presume de moderna, pero por dentro es vieja. Yo, Nando, he entendido que el «mundo nuevo» no cambia hasta que no cambian quienes lo gobiernan. — Nando Inmigrante sin papeles Yaritza, 26 años – Bronx, trabaja en todas partes, vive escondida. Yaritza no existe para el Estado. Por lo tanto, el Estado no existe para ella. Trabaja en tres sitios irregulares: – limpieza en un edificio de apartamentos – cocina en una charcutería – cuidado de niños cuando hace falta.
Le pagan en efectivo. Sin seguridad. Sin protección. Sin derechos.
Tiene miedo de la policía, miedo de inmigración, miedo de los caseros, miedo de que una denuncia la haga desaparecer para siempre.
Su ausencia es legal: vive en la grieta entre dos mundos. Es necesaria, pero no reconocida.
— Nando
Mujer inmigrante en fuga
Maha, 37, de Astoria, huye de un matrimonio forzado.
Maha llegó de Oriente Medio hace dos años. Dejó atrás a un marido maltratador, una familia que no quería su libertad y una cultura que no permite a una mujer tomar sus propias decisiones.
En Nueva York vive en una habitación compartida en Astoria. Trabaja en una tienda de comestibles. Aprende inglés por las noches viendo videos en el teléfono.
Lleva dentro un miedo antiguo: que alguien de su familia la encuentre. Que todo vuelva atrás. Que la libertad se acabe. Su ausencia es afectiva: existe a medias, con un pie en la vida nueva y otro en una huida eterna.
Nueva York le dio la posibilidad de desaparecer. Ahora tiene que aprender a existir.
— Nando
Mujer de los kilómetros de calles, metro, ruido, carrera
Elena, 50 años – Manhattan, una vida entera en la ciudad que devora.
Elena vive en la ciudad desde hace más de treinta años. Ha visto cambiar barrios, edificios, tiendas y caras. Ha visto irse a amigas, a compañeros perder el trabajo, a familias romperse.
Ella se quedó.
Trabaja como supervisora en unos grandes almacenes. Turnos largos, mucha responsabilidad, presión constante. Dirige equipos, atiende clientes y salva días que se habrían perdido.
Elena es la Nueva York real: la que no sale en las películas. La que hace funcionar el sistema. La que no se queja, pero siente cada golpe.
Su ausencia es existencial: le dio todo a la ciudad, y la ciudad solo le devolvió resistencia.
Yo, Nando, cuando conozco a mujeres que llevan veinte años viviendo aquí, entiendo algo que ningún turista entenderá jamás: vivir en Nueva York es una guerra lenta. Y quien se queda gana cada día sin celebrarlo.
— Nando
Epílogo
Nueva York es una ciudad que exige ser vista, pero que nunca mira de verdad. Es un lugar que entra en ti como una elección no pedida: o la aceptas, o te aplasta.
Dentro de este caos perfecto, las mujeres son el eje invisible que lo mantiene todo unido. Están en los trenes, en las cocinas, en los hospitales, en las escuelas, en los rascacielos, en los almacenes, en los barrios donde el poder nunca entra. Están en todas partes, pero solo se las tiene en cuenta cuando hacen falta.
La ciudad corre más rápido que la vida misma, y en esa carrera consume a quienes de verdad la sostienen. Nueva York lo promete todo: éxito, oportunidades, salvación. Luego exige un precio que no declara.
La verdad es sencilla: la ciudad más famosa del mundo prospera sobre las espaldas de mujeres que nunca salen en las portadas.
Este capítulo las devuelve a la superficie. Una por una. Historia por historia. Sin filtros. Sin romanticismos. Con la espalda recta, como merece toda vida ignorada mientras carga con el peso de millones de otras.
Reflexión
Cada estado del volumen muestra un tipo de ausencia. Nueva York las contiene todas. Aquí la ausencia femenina es total y multiplicada: – ausencia de tiempo – ausencia de protección – ausencia de espacio mental – ausencia de reconocimiento – ausencia de escucha – ausencia de respiro – ausencia de identidad propia – ausencia de retorno por lo que se da.
La ciudad que vende la idea de libertad es la misma que obliga a miles de mujeres a sobrevivir dentro de sistemas que no fueron pensados para ellas. Son esenciales, pero prescindibles. Están presentes, pero son invisibles. Son el motor, pero no el relato.
En Nueva York, cada mujer libra una batalla distinta, pero todas comparten el mismo terreno: una ciudad que no se detiene, ni siquiera ante su lucha.
Y precisamente por eso estas páginas son necesarias: Nueva York no es solo skyline, arte, cultura, éxito. Es también ausencia. Ausencia femenina. La más evitada, la más auténtica, la más constante.
Nota personal
Nueva York es mi casa. Y precisamente porque es mi casa, no le perdono sus mentiras.
No me interesa describir la ciudad que ven los turistas, los periódicos, las series de televisión o los sueños de los demás. Me interesa la ciudad que respira, que sangra, que se rompe y se reconstruye cada día sobre los hombros de personas reales.
He visto lo suficiente para entender una cosa de forma definitiva: las mujeres aquí cargan el doble y reciben la mitad. No porque sean débiles, sino porque la ciudad se ha acostumbrado a su fuerza. Y cuando el mundo se acostumbra a tu fuerza, deja de protegerte. Yo, Nando, he escrito estas historias porque no puedo aceptar que todo esto pase en silencio. No puedo aceptar que quienes mueven toda esta máquina queden al margen del relato. No puedo aceptar que el ruido de la ciudad ahogue el ruido de las vidas que la mantienen a flote.
Nueva York es hermosa, pero no es inocente.
Estas páginas son mi manera de decirlo, sin endulzar nada, sin quitarle ni una pizca de verdad, sin pedirle permiso a nadie.
— Nando
Ferdinando Frega
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