EL DESCUBRIMIENTO GILLETTE

El descubrimiento Gillette — Gillette, la pieza que falta, capítulo 04

GILLETTE, LA PIEZA QUE FALTA · Edición española  ·  N.º 04

EL DESCUBRIMIENTO GILLETTE


Hay descubrimientos de todo tipo.

Unos traen emoción, otros curiosidad, otros rabia, otros risa, otros verdadero interés. En resumen, todos crean momentos emotivos que dejan tras de sí recuerdos inolvidables.

Los descubrimientos más humanos suelen ser los que se hacen dentro de una relación, cuando una pareja descubre la existencia del temido tercero en discordia: el amante.

Y a veces esperan que el descubrimiento termine ahí.

En cambio, la trama se complica cuando descubren que el amante es del mismo sexo, y de pronto la batalla ya no es contra otra persona, sino contra el propio ego. La primera pregunta llega al instante:

¿En qué me he equivocado?

Los descubrimientos más famosos son los ligados a la ciencia: una terapia revolucionaria, un fármaco milagroso, un avance que promete la vida eterna.

Solo más tarde descubrimos que alguien, sencillamente, nos estaba metiendo la mano en el bolsillo.

No porque fuera mago.

No porque fuera ilusionista.

Sino porque poseía un don maravilloso: la capacidad de hacernos soñar, armado con un título universitario y un excelente departamento de marketing.

Luego tenemos los descubrimientos financieros.

Y aquí el señor Elon Musk es un auténtico maestro.

Grupos enteros de trabajadores se despiertan una mañana y descubren que algún giro extravagante del universo financiero los ha convertido en ricos de la noche a la mañana.

Por no hablar del día en que los ladrones entran en tu casa y descubres que han robado el VIBRADOR DE ORO—la primera y única versión parlante de la historia, orgullosa propiedad de una esposa insaciable—y han dejado, en cambio, un ROLEX DAYTONA a estrenar, todavía intacto en su caja original sobre el escritorio.

Algunos descubrimientos, sencillamente, desafían la lógica.

Pero los descubrimientos de los que nadie habla nunca son los accidentales.

Los descubrimientos que llegan en silencio.

Los que ignoramos porque parecen demasiado corrientes, demasiado obvios, demasiado baratos para ser valiosos.

Al fin y al cabo, la gente rara vez valora lo sencillo. Valora el misterio. Valora la pregunta del porqué.

Hasta aquí, nada nuevo.

Todo lo que he mencionado pertenece al mundo que ya conocemos.

Pero hoy quiero hablarte de un amigo.

Un pequeño héroe tímido que salva vidas sin pedir reconocimiento.

Un salvavidas natural que, según la leyenda, era capaz de poner en fuga a los vampiros.

Señoras y señores:

EL AJO. ¡Jajajajaja!

Cuando me vi viviendo en un albergue, hambriento y sin dinero para comprar comida, observado por los demás porque había ingresado oficialmente en las filas de los necesitados, un joven brasileño me dio un consejo.

“Empieza a comer ajo”, dijo.

Luego me explicó por qué.

Creía que actuaría como un antibiótico natural. Decía que podía ayudar a la circulación, sostener el sistema cardiovascular y mantener el cuerpo en funcionamiento cuando la vida ofrecía muy poco más.

Pero lo que de verdad quería decirme era mucho más simple.

Me dijo que ayudaría a reducir la sensación constante de hambre.

Y una vez que el hambre dejara de dominar mis pensamientos, mi cerebro podría centrarse en una nueva prioridad:

encontrar la salida del túnel.

Si fue ciencia, fe, desesperación o una combinación de las tres, no sabría decirlo.

Lo que sí puedo decir es que a mí me funcionó.

Funcionó tan bien que en los meses siguientes se lo recomendé a amigos y parientes.

Luego llegó la estadística que de verdad me sorprendió.

Los primeros en darme las gracias no fueron mis amigos.

Fueron sus mujeres.

Al parecer, el ajo había causado un efecto notable en el entusiasmo de los caballeros por la vida.

Las mujeres estaban agradecidas.

Muy agradecidas.

Curiosamente, nadie se quejó nunca del mal aliento.

Nadie mencionó el olor.

Nadie habló de un olor a ajo que invadiera la atmósfera como un arma biológica.

Solo hablaban de una cosa:

Funcionaba.

Igual que funciona la escritura honesta.

Una historia que dice la verdad suele triunfar sin envoltorios caros, sin campañas publicitarias y sin patrocinadores corporativos.

Sencillamente, hace su trabajo.

Dejando el engaño a quienes han levantado negocios enteros vendiendo sueños…

sin ajo incluido.

Ferdinando

P. D.

Si, después de leer este artículo, has decidido probar el ajo y ahora te encuentras sentado en el baño unos minutos de más, que sepas que no es un efecto secundario.

Es el capítulo que he decidido regalarte.

No dura mucho, limpia el cuerpo y, de algún modo, vuelve a poner el alma en orden.

Al fin y al cabo, todo gran descubrimiento exige un pequeño sacrificio.


Ferdinando

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